jueves, 16 de septiembre de 2010

Quebrados

El término comenzó a incorporarse al lenguaje cotidiano de los militantes de los años 70, para referirse a aquellos cuya voluntad de lucha estaba agotada. El adjetivo era despectivo, pero también implicaba algo de comprensión: los “quebrados” eran, en principio, “compañeros incapaces de soportar el riesgo de caer en manos del enemigo y enfrentarse a la tortura o la muerte”. Entonces, dejaban la lucha.

Los otros también teníamos miedo, salvo los que negaban la realidad, pero “teníamos más vergüenza que miedo”. De este modo intentábamos “racionalizar” nuestra condición.

Dejar de luchar, aún en condiciones tan difíciles, era “dejar el camino libre a los enemigos del pueblo y de la patria”. Seguir luchando era una cuestión moral y una actitud ante la vida.

Ninguna revolución en la historia hubiera podido triunfar sin sacrificio, sin sufrimiento, sin épocas duras, sin enfrentar a “la fuerza brutal de la antipatria”, parafraseando a Eva Perón. Es cierto que del lado “de la revolución” no había algo parecido a “la fuerza del pueblo organizado”, y eso fue una parte importante de la tragedia.

El “quiebre” de una parte de la militancia no fue un fenómeno “de ghetto”, sino un fenómeno social. Un efecto deseado y buscado por la dictadura a través del terrorismo de estado. El control social por el miedo y la represión. La contracara de la tolerancia del “algo habrán hecho”, de una parte de la sociedad, era la resignación del “no hay nada que hacer” de esa otra parte.

Un amplio sector de la juventud, de la intelectualidad, de la cultura, del trabajo, que había simpatizado sin militar directamente, con la movilización social del 72 en adelante, particularmente del 73 y 74, se quebró y se recluyó a partir del 75 y sobre todo del 76, en la “vida privada”.

Algunos vivieron esa decisión con culpa. Y con esa culpa se guardaron. Se exiliaron internamente. Se dedicaron a vivir lo mejor que pudieron. A estudiar, si no estaban marcados en las universidades por la policía. A trabajar, si no habían tenido militancia gremial que los pudiera identificar. Al comercio, si tenían algún dinero para empezar. Se recluyeron en sí mismos, en sus familias, muy pocos en sus amistades más cercanas porque por lo general, sus amistades más cercanas estaban en la militancia.

Otros hicieron de la decisión un motivo de orgullo. Sabiéndose despreciados por sus antiguos compañeros, los despreciaron recíprocamente. “Están todos locos”. “Los van a matar a todos”. “Es una lucha condenada al fracaso”. “En este país no tiene sentido luchar, porque este pueblo nunca va a hacer una revolución”. “Este pueblo espera que las cosas le vengan de arriba, y por eso, en política, la plata vale más que la lucha”.

Algunos, en la cima del cinismo, y en plena época del terror, acuñaron la máxima “para volver a hacer política primero hay que hacer plata”. Esa es la síntesis más acabada de la actitud del quebrado autocomplaciente que convirtió su vergüenza en una virtud: renunciaron a la lucha pero no a los honores. Y sobre todo, no renunciaron a la plata. “Ya vendrán tiempos mejores. Y cuando se pueda hacer política, habrá que hacerla con plata”.

Los tiempos mejores iban “a venir”. Nadie los iba “a traer”. El futuro les pertenecía a quienes mejor pudieran acomodarse al presente. Derrotados y renegados de su pasado militante, no pudieron evitar la culpa de saberse peores personas que sus ex compañeros.

Los que no se quebraron fueron capturados, desaparecieron, murieron, los más afortunados cayeron presos o marcharon al exilio. Unos pocos directamente quedaron desenganchados de sus compañeros y ya no volvieron a “engancharse”. Salvaron sus vidas y siguieron adelante como pudieron. Porque una cosa es salvar la vida y otra muy distinta es quebrarse.

Los que salvaron la vida, comprendieron con el tiempo que la derrota era previsible, que el enajenamiento de sus conducciones políticas los condenaba, pero buscaron la forma de seguir resistiendo. Algunos se incorporaron al movimiento de derechos humanos en el país o en el exterior. Otros, los que consiguieron trabajo, comenzaron a activar en sindicatos. Y buscaron las nuevas señales que ese territorio devastado que era la política les podía dar, para volver a empezar. No iban a encontrar ningún “partido revolucionario”. Iban a encontrar el PJ, el PI, la UCR, el PC, la izquierda de siempre, y poca cosa más. La “multipartidaria” y “la CGT de la calle Brasil”.

En eso estaban cuando la última aventura de los militares, la guerra de Malvinas, que ya era una huída hacia adelante, aceleró los tiempos y produjo la última huída, el retorno al régimen constitucional. Lo demás es historia reciente: los años de democracia han configurado un sistema político post-dictadura que parece estar siempre en crisis pero que siempre encuentra alguna forma de recomponerse.

Pero nunca como en estos años “K” se han hecho tantas apelaciones simbólicas a los valores de “la generación de los años 70”. El discurso del gobierno reivindica los valores de la militancia de los años 70, y propone un “modelo” que se presenta a toda la sociedad, pero particularmente a esa generación, como la concreción de esos valores, adaptados al mundo actual.

Tal vez esta ilusión pueda explicarse con razones sencillas: este gobierno ha mejorado las condiciones de vida de los trabajadores, de los jubilados, de los jóvenes, ha reivindicado a las madres, ha anulado las leyes de impunidad, ha coincidido con otros gobiernos populares de América Latina y ha hecho fracasar el ALCA. Y podrían citarse muchos otros ejemplos.

Esas razones explican un gobierno como el del “primer” Kirchner, que se presentaba como el de “personas sencillas que esperamos estar a la altura de las circunstancias”. Pero no esta suerte de “epopeya”. El “modelo-revolucionario-nunca-visto-nada-mejor-que-no-tiene-nada-enfrente-porque-a-nadie-se-le-cae-una-idea-y-que-no-tiene-nada-a-la izquierda-porque-los-que-están-a-la-izquierda-les-hacen-el-juego-a-la-derecha-pura-y-dura”, merece otras explicaciones.

Si fuera posible abandonar la lucha cuando viene una dictadura, refugiarse a hacer plata para volver a hacer política “cuando se pueda”, mimetizarse con los políticos tradicionales y llegar al gobierno capitalizando el desgaste de éstos, y una vez allí, llevar adelante un proceso transformador de características históricas, entonces se podrían disimular la culpa, la vergüenza y la derrota, hasta hacerlas desaparecer.

Si, al fin de cuentas, el resultado es el que deseábamos entonces, ¡¡¡hicimos lo correcto!!! Nos borramos cuando había que borrarse. Hicimos guita mientras sonaban los tiros. Nos acomodamos a la democracia a como hubiera lugar. Fuimos menemistas, duhaldistas, o no hicimos nada desde hace treinta años, y ahora que llega este tiempo, reviven nuestros sueños de juventud, esos que habíamos olvidado, y nadie nos reprocha que hubiéramos abandonado la lucha, o que directamente nunca hayamos tenido el coraje de luchar.

Ahora estamos apoyando este “modelo” que “vino solo”, lo estamos mirando por la televisión pública, con el fútbol para todos o con 6-7-8. Así nos convencemos de lo que ya sabíamos, y tenemos letra para nuestras charlas de café o de trabajo. Leemos los diarios buenos y repudiamos los medios corporativos, y a veces, vamos a la Plaza a putear contra la oligarquía agraria o a festejar el bicentenario. Militar, lo que se dice militar, no militamos. El Frente para la Victoria no tiene ningún lugar donde encontrarlo, los movimientos sociales no están en nuestros barrios, y para estar en Carta Abierta hay que ser un “capo”. Este “modelo” parece que sólo necesita gente que aplauda. Y eso lo sabemos hacer muy bien.

A los que fuimos menemistas y duhaldistas, si entramos al oficialismo nos bautizan en las aguas del Jordán y automáticamente los neoliberales son otros. Los que fuimos “la patota sindical” ahora somos “la clase trabajadora”. Y todos somos parte de esta gesta transformadora.

Si todo eso fuera posible, todas nuestras miserias morales, como argentinos y como seres humanos, se habrían borrado para siempre. ¡¡¡Y parece que lo es!!!

Es la reivindicación de los quebrados, pero elevados a la categoría de “militantes”. Se reescribió la historia y ya no hay más quebrados: “nosotros” somos los que siempre defendimos este “modelo”, y “los otros” son los que trabajan para las corporaciones. “Nosotros” totalizamos a la generación de los 70. El resto son los muertos y los desaparecidos. Nosotros somos “todo” lo que sobrevivió de aquella época, y para reivindicar a nuestros compañeros muertos y desaparecidos tenemos la política de derechos humanos y el castigo a los militares y civiles que se beneficiaron con el terrorismo de estado.

No importa que ya no se hable de socialismo. Ahora se habla de capitalismo con “inclusión social”. No importa que se diga que está muy bien que los empresarios puedan ganar mucha plata. No importa que algunas privatizaciones se anulen por incumplimientos (Correo=Macri) y vuelvan al estado mientras que a otras se les deja seguir adelante. Hasta se capitalizan las deudas de los privados con el Estado, que se asocia con ellos (Aeropuertos=Eurnekian). No importa que no se cobre impuestos a las rentas financieras mientras se mantiene el IVA del 21% sobre los productos de primera necesidad. No importa que se re-estatice el sistema jubilatorio sólo cuando el Estado necesita dinero. O que se cancele anticipadamente la deuda con el FMI y que se hagan dos reestructuraciones de deudas, a ver si convencemos a los acreedores externos que somos buenos pagadores, mientras que se sostiene que pagar el 82% del salario mínimo a un jubilado es “imposible”. No importa que se rompan lanzas con la “oligarquía agraria” cuando ésta se niega a pagar derechos de exportación, pero que no se haya hecho nada para desarticular la tendencia al monocultivo que imponen las multinacionales de los agronegocios. No importa que empresas trasnacionales de minería estén depredando nuestros recursos, ni que las pesqueras estén agotando nuestra fauna marítima. No importa que se hayan prorrogado las licencias de explotación petrolera, permitiendo que grupos privados multinacionales agoten nuestras reservas de hidrocarburos y envíen la mayor parte de las remesas de dinero al exterior. Ni que se reivindique a la Juventud Sindical Peronista, mezclando la biblia con el calefón, echando mano de la imagen del Eternauta para “unificar” a una “gloriosa JP” que tiene como principales dirigentes a funcionarios rentados.

Esta explicación, sin embargo, no puede dar cuenta de algo importante: ¿porqué hay tantos compañeros que nunca se quebraron, y que también se bancan esta simulación? ¿Porqué participan entusiastas de ella, sabiendo que no es lo que se muestra?

Tal vez la explicación sea sencilla. Tal vez la derrota de la juventud ha calado tan hondo que hoy prefieran un silencio cómplice a una verdad incómoda.

Afortunadamente, la “generación del 70” no es la última que construirá este país, aunque por razones biológicas, esta etapa probablemente sea la última oportunidad de esa generación para incidir en política. La historia no se detendrá por la megalomanía de unos pocos dirigentes, ni por las fantasías de una generación que, como todas las anteriores, pasará.

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