martes, 14 de agosto de 2018

¿Corrupción o Dependencia?

1.             Indignación, naturalización, negación, fascinación

Una vez más, la sociedad argentina se muestra sorprendida e indignada al “enterarse”, por los medios de difusión, de algo que ya sabía: que hubo sobornos ligados a la obra pública durante los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández.
Esta falsa indignación revela la hipocresía de una parte de la sociedad, pero otra parte se niega a “naturalizar” la cuestión.
El caso de los cuadernos no es “un caso más”.  Afecta a personajes que ocuparon las más altas jerarquías de la Administración Pública, pero la novedad es que los empresarios del club de la obra pública de todos los gobiernos, incluido el actual, fueron alcanzados.
Una “mayoría silenciosa” cree que esto fue, es y será así. No es insensible al tema, pero no espera que esto cambie. Por otro lado, las “minorías sensibilizadas por la cosa pública” denuncian, desde el rincón “negador”, que los cuadernos son un montaje de los servicios, de los medios hegemónicos y del gobierno para desviar la atención del pueblo respecto de problemas más importantes. A la inversa, desde el rincón “fascinado”, señalan que los cuadernos muestran el grado superlativo de la destrucción de las finanzas públicas heredada por el actual gobierno.

2.             El recurso del método

¿Es posible salir del microclima y abordar este tema con herramientas aceptables para más de una mirada?
El discurso maniqueo (de cualquier orientación) se apoya en datos o hechos ciertos, y omite todo lo que sea inconveniente. Construye una interpretación de la realidad acorde con un objetivo predeterminado. En el plano de la lucha política eso no es criticable mientras no se traspase el límite de la honestidad intelectual.
Sin pretensiones de “neutralidad”, estas líneas invitan a poner en juego las herramientas de análisis disponibles, y asumir las conclusiones sean cuales fueren.
Se propone separar los hechos de las personas, lo que no significa ignorar sus intereses. Si las decisiones y actos de los sujetos provocan perjuicios o beneficios sociales, su valoración no depende de quién los produce.  Un mismo sujeto puede provocar beneficios sociales en ciertas ocasiones, y perjuicios sociales en otras. Sostenemos que unos y otros deben juzgarse con los mismos criterios. También se propone separar (no ignorar), el momento en que un suceso se instala en el debate público, de sus causas y consecuencias.
Si somos capaces de pensar un hecho y de analizarlo con rigor, todos los elementos del contexto deben ser incorporados al debate, en lugar de ser excusas para evadirlo.
¿Hubo corrupción en los gobiernos de Néstor y de Cristina? ¿Y en el gobierno de Macri? ¿Se beneficiaron los sectores populares en los gobiernos de Néstor y de Cristina? ¿Lleva adelante el gobierno de Macri una política de ajuste, con destrucción de puestos de trabajo, endeudamiento público e inflación descontrolada? ¿Está el gobierno  interesado en desviar la atención de esos problemas?
Muchas de estas cuestiones, o todas ellas, pueden ser ciertas.  Si lo fueran, tal vez sean causas y consecuencias unas de otras, o tal vez no. Todas merecen ser analizadas con seriedad.

3.             Proyectos políticos y esquemas de negocios

Con relación a “los cuadernos de las coimas”, puede afirmarse que no es creíble que un periodista haya recibido los cuadernos por iniciativa de una esposa despechada o de un amigo preocupado. Parece más lógico suponer que algún “servicio”, o “ex servicio”, los haya hecho llegar con alguna intención de daño.  Si así fuera, eso no indicaría que los cuadernos nunca existieron ni que lo que ha trascendido sea falso. Eso tampoco depende de si la letra o el vocabulario utilizado no parecen ser los de un chofer, argumento por demás despectivo y clasista.
El tema de fondo es la relación entre los funcionarios públicos que administran las contrataciones y las empresas privadas que las ejecutan.
Aprovechar el manejo de las contrataciones públicas para elevar artificialmente sus precios, otorgar los negocios a un grupo reducido de empresas y obtener a cambio un “retorno” financiero, sólo puede explicarse por el enriquecimiento personal o por el financiamiento espurio de un proyecto político. Las dos cosas son ilegales.
El enriquecimiento personal no se puede abordar desde un enfoque político. El financiamiento espurio de un proyecto de poder sí.
Una mirada simplista coloca el fenómeno como una tendencia motivada por el encarecimiento de las campañas electorales, crecientemente dependientes del acceso a los costosos medios de comunicación. Las modalidades legales de financiamiento de la actividad y de las campañas políticas no aportan los recursos suficientes, y el entramado de los intereses políticos y económicos hace el resto.
Esa visión explica sólo una parte del problema.  Si así fuera, bastaría con mejorar las legislaciones sobre financiamiento de la política y la gestión empresarial, y aumentaría la transparencia, la competitividad y la legalidad, tanto de las campañas políticas como de las contrataciones públicas.  En ese mundo irreal, la “naturaleza humana” es el origen de la corrupción, en lugar de la política y los negocios.

4.             ¿Capitalismo autónomo con inclusión social?

Durante las presidencias de Néstor y Cristina florecieron empresas ligadas a contratos con el estado y medios de comunicación ligados a la pauta publicitaria oficial. A eso se le llamó “capitalismo de amigos”.
Los grupos empresarios nacionales preexistentes, entre ellos el grupo Macri, crecieron y se desarrollaron al amparo de contrataciones públicas bajo gobiernos anteriores.  Recibieron el mote de “patria contratista”.  Los medios de comunicación hegemónicos tuvieron privilegios en todas las dictaduras y en todos los gobiernos civiles anteriores a 2003.
La principal característica de los grandes capitalistas nacionales es su escasa tendencia a la inversión de riesgo, su mentalidad rentística, su preferencia por negocios de corto plazo, alta rentabilidad y facilidad para fugar los beneficios al exterior, su aprovechamiento de mercados segmentados, monopólicos u oligopólicos, la explotación de sus proveedores si son empresas de menor dimensión, y de los consumidores o usuarios cautivos.
Los capitalistas extranjeros con intereses en nuestro país sólo invierten en negocios de rentas extraordinarias, como la explotación de los recursos naturales, en industrias con mercados protegidos y dependencia tecnológica como la automotriz, y en grandes cadenas concentradoras del comercio minorista de bienes y servicios.
Con ese panorama era difícil impulsar un proyecto capitalista autónomo con inclusión social, a la salida de una de las crisis más profundas que se recuerde. Conociendo las limitaciones del momento y lugar en que les tocó gobernar, Néstor y Cristina Kirchner no prometieron el pleno empleo ni la justicia social, ni hablaron de “socialismo del siglo xxi”. Sin referencias discursivas a John W. Cooke, ni a la “Patria Socialista” de la JP de los años 70, para ellos el peronismo nunca propuso un sistema socioeconómico alternativo. En política exterior se enfrentaron a los Estados Unidos y se alinearon con la Venezuela de Chávez y la Bolivia de Evo Morales.  Esos líderes hablaron, cada uno en sus términos, de otro paradigma. Los nuestros no.
Mucho antes de imaginar que conducirían los destinos del país, se fueron al sur a “hacer plata”, según sus propias palabras, y se preservaron hasta que terminó la dictadura. En democracia, su trayectoria se construyó con inteligencia para acceder a los distintos niveles del aparato estatal (Río Gallegos, Santa Cruz, y finalmente la Nación), con decisión para “hacer caja” y con habilidad para gobernar en base a ésta, concentrando mucho poder y dinero, y repartiendo muy poco de las dos cosas. Los argentinos, en su gran mayoría, no lo objetaron.
Pero un país capitalista necesita capitalistas, y un modelo de crecimiento, inclusión social y autonomía requiere de un tipo de capitalistas que Argentina no tiene. No se sabe si los Kirchner pensaron en un “capitalismo de estado” cuyo sujeto inversor fueran las empresas públicas (en la producción de bienes y prestación de servicios) o la propia administración (en las obras).  Si lo hicieron, lo descartaron.
Sólo les quedaba una opción: crear una clase capitalista que sostuviera el proyecto y lo llevara adelante. Los Kirchner no solo quisieron hacerlo, sino que quisieron ser el eje de esa clase y conducirla, para lo cual debían hacer su propia “acumulación primitiva”.
La única fuente posible eran los negocios con el estado: regalías petroleras de Santa Cruz, obras y servicios públicos con retornos, desendeudamiento y fomento del consumo popular financiado con retenciones sobre el modelo agroexportador, uso y abuso de los fondos previamente capturados por las AFJP que se estatizaron, pauta publicitaria para los medios de comunicación afines, retenciones de impuestos cobradas a los contribuyentes por los capitalistas amigos que no ingresaban en las arcas públicas, sociedades entre testaferros del poder y capitalistas para manejar sus empresas.  Todo al servicio de la acumulación primitiva del capitalismo “nacional y popular”.
Así, los sobrevivientes más ambiciosos de la “juventud maravillosa” de los años 70, cambiaron la consigna “Liberación o Dependencia” por “Corrupción o Dependencia”, y no lo hicieron por maldad ni por codicia, sino por la naturaleza de su proyecto. La mayor parte de esa generación de militantes e intelectuales, que no estaban en el poder ni fue cómplice de esos métodos, lo aceptó.  Quienes no lo hicimos, tampoco encontramos la forma de dar el debate.
Doce años es mucho tiempo para una gestión de un mismo signo político en el gobierno nacional, pero es muy poco para crear una clase empresarial y sostener un modelo capitalista autónomo con crecimiento e inclusión social.  Si los beneficios sociales hubieran sido duraderos, tal vez la sociedad le hubiera dado el tiempo suficiente para madurar.  Esto es independiente del juicio moral que se haga.  La sociedad argentina se acuerda de la moral sólo cuando deja de gozar de los beneficios de la inmoralidad.
La mal llamada “corrupción K” no se puede entender al margen de las necesidades de su proyecto político, y de su estilo de construcción.

5.             El rol del pensamiento crítico

Luego de 12 años de gobierno, los resultados no mostraron transformaciones estructurales relevantes con respecto a otras épocas menos “épicas”, y el agotamiento de la experiencia abrió el espacio para un gobierno de centro derecha.
Quienes sostuvieron discursivamente el “relato” del “modelo” deberían hacer un esfuerzo de pensamiento crítico y autocrítico, escuchar otras opiniones y tratar de encontrar las razones internas del agotamiento de la experiencia.  Solo así podrán darle un sentido a esta nueva etapa, que tenga más contenido que el “volveremos” a lo que ya se hizo (pero en mejores condiciones que las actuales).
Deberíamos tratar,  conjuntamente, de responder a la pregunta de si un modelo como el ensayado es viable en este rincón del planeta y en este tiempo, o si estaba condenado desde el comienzo.
Deberíamos tener la posibilidad de debatir sobre la influencia que un modelo económico concentrado en manos de unos pocos capitalistas “nacionales y populares”, tiene sobre la relación del gobierno con los sectores y organizaciones populares.  Tal vez ahí encontremos algunas de las razones de la incapacidad para admitir mínimas disidencias con las políticas públicas durante 12 años.
Preguntarnos si somos capaces de imaginar una acumulación no capitalista, una organización de los sectores populares no solamente como manifestantes, receptores de subsidios y consumidores, sino como productores de bienes y servicios públicos, como productores de bienes y servicios privados por fuera de las relaciones mercantiles, construyendo las bases materiales para su protagonismo político, facilitado por el estado, pero no sujeto a las necesidades del gobierno.
El desafío es abrir las mentes y hacer las preguntas correctas, aunque no nos gusten las respuestas. Se lo debemos a la sociedad que nos formó, con el esfuerzo de sus trabajadores.




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