martes, 22 de diciembre de 2015

Un imperdible artículo de Ernesto Tenembaum

Apología de la Crueldad
Por Ernesto Tenembaum
Publicado en El Cronista el 22-12-2015

Matías Reggiardo nació en una cárcel. Fue en mayo de 1977, en Olmos. Nunca conoció ni a su mamá ni a su papá. Inmediatamente, fue separado de ellos y, junto a Gonzalo, su hermano mellizo, fue robado por el temible comisario Samuel Miara. En 1985, ante los primeros debates sobre el robo de niños durante la dictadura militar, el policía se fugó al Paraguay con ellos. Por primera vez, Matías y su hermano fueron noticia, y eso sigue, con intermitencias, hasta hoy. En 1989, Miara fue extraditado desde Asunción. En esos años, había una intensa campaña de referentes mediáticos –el más activo era Bernardo Neustadt– para convencer a la población de que la restitución de niños era injusta, que habían sido criados con amor, que no era necesario causarles una nueva separación. Matías y Gonzalo aparecieron varias veces en televisión para defender lo que consideraban su derecho a vivir con Miara. En 1993, conocieron su identidad. Con el tiempo, la aceptaron. Sus padres siguen desaparecidos.
Las vueltas de la vida quisieron, como ocurre en muchas familias, que los dos hermanos no pensaran lo mismo sobre la situación política actual. Gonzalo es militante de Kolina, la agrupación que lidera Alicia Kirchner. Matías, en cambio, fue muy crítico del gobierno de Cristina. En agosto de 2013, en la conferencia de prensa donde se anunció la restitución del nieto 109, Gonzalo habló por primera vez en público del derecho a la identidad. Esa noche, en el programa de 678, un par de panelistas destacaron su actitud. Uno de ellos, resaltó: "Uno de los mellizos finalmente terminó en el destino que tenía que terminar, en su origen". Estela de Carlotto estaba allí y lo aclaró muy taxativamente: "Los dos –dijo– los dos". Sin embargo, unos días después, en TVR, la aclaración de la presidenta de Abuelas no fue emitida: el mellizo que se había reencontrado con su identidad volvía a ser uno solo.
A partir de allí, en las redes sociales, cada vez que Matías criticaba al Gobierno, decenas de personas le señalaban que sus padres desaparecidos estarían avergonzados de él, o que seguía bajo la influencia de sus apropiadores. Otro nieto recuperado, le dijo, directamente: "Desapropiate". Matías había sido testigo en los juicios contra sus apropiadores y contra los torturadores de sus padres desaparecidos. En este último, en cierta oportunidad, se mezcló entre el público y escuchó que, alguien, detrás suyo, preguntaba: "¿Cual es el nieto que sigue reivindicando a sus apropiadores?".
Ante esa situación kafkiana, Matías se comunicó con periodistas de 678. Solo pidió aclarar su posición respecto de Abuelas de Plaza de Mayo, de la dictadura, de la restitución de niños. Prometió no opinar sobre la coyuntura.
No le concedieron ese derecho.
En estos días, en que muchas personas se solidarizan con 678, Matías sintió la necesidad de contar esta historia en su página web. Al leerla, otra nieta recuperada, la diputada nacional Victoria Donda, escribió en twitter: "Lamentablemente, debo decir que me siento muy identificada con lo que cuenta Matías". Dadas sus opiniones críticas hacia el Gobierno, el mismo programa se burló muchas veces de Victoria en estos años. Ni un comentario ni el otro fueron reproducidos en los envíos del flamante programa opositor.
678 ha sido un show televisivo que marcó una época. Fue, en ese sentido, muy exitoso. Se ha discutido últimamente sobre si su exclusión de la grilla de la televisión pública es censura o no y sobre su financiamiento, esos escandalosos e inexplicables dos millones y medio de pesos mensuales. Sin embargo, en ese debate no ha sido apropiadamente descripto su elemento central, que no es la contrainformación, el combate anti Clarín, la apertura de debates inéditos, ni el coraje, sino –como se verá– la crueldad. La anécdota de Matías Reggiardo y el desagradable bullying contra Donda quizá hayan sido los ejemplos más extremos de una conducta sistemática.
En octubre de 2010, cuando fue asesinado Mariano Ferreyra, 678 culpó ese mismo día al ex presidente Eduardo Duhalde, que era un opositor a Nestor Kirchner. Como se supo después, Duhalde no tenía ninguna relación con el hecho. En septiembre de 2011, en un violento operativo nocturno, la policía detuvo al sindicalista ferroviario Rubén ‘Pollo’ Sobrero, por haber incendiado trenes. 678 respaldó la detención. Sobrero fue liberado días después: era, obviamente, inocente. En marzo del 2010, una patota de barras bravas contratados por el Indec, rompió a sillazos la presentación en la feria del libro de un libro de Gustavo Noriega, justamente, sobre lo ocurrido en ese instituto. Desde entonces, Noriega pasó a ser uno de los blancos habituales del programa. Lo llegaron a acusar de antisemita, aun cuando los productores de 678 –altri tempi– estuvieron en su casamiento y lo vieron aplastar la copa con el pie, debajo de la jipá.
En marzo del 2010, se realizó un juicio público en Plaza de Mayo contra Magdalena Ruiz Guiñazú por haber sido cómplice de una dictadura a la que, en realidad, había denunciado. 678 lo transmitía en directo, sus panelistas defendían la iniciativa. Durante años 678 se dedicó a hostigar a Ruiz Guiñazú. Ese mismo mes, durante la marcha del 24 de marzo, se colocaron carteles en la calle con algunos rostros de animadores o periodistas que habían criticado al Gobierno para que el público los escupiera. Esas imágenes estremecedoras -que incluían la participación de niños- fueron amplificadas, justificadas y/o minimizadas en su gravedad por, justamente, 678. Desde 678 se le dio cobertura y justificación a las marchas donde se exhibían las caras de periodistas "enemigos" o afiches donde se los acusaba de cómplices de la apropiación de niños.
678 tuvo un rol central en la curiosa campaña armada alrededor del caso Herrera Noble. Como se sabe, existía por entonces una legítima sospecha sobre si los hijos de Ernestina Herrera de Noble, Marcela y Felipe, habían sido robados a desaparecidos. Encima, los involucrados –como muchos otros nietos al aparecer la sospecha– se negaban a ser sometidos a los estudios de ADN. En ese contexto, en el programa daban por sentado que Herrera de Noble era una apropiadora. Había marchas en las calles donde se coreaba "Mitre, Magnetto, devuelvan a los nietos". Y desde el programa se estimulaba a la militancia kirchenrista a que le gritaran "devuelvan a los nietos" a todo periodista crítico del gobierno o que trabajara en un medio del grupo Clarín, así fuera –como ocurrió– el colega que anuncia el estado del tiempo. Esa campaña generó episodios de violencia callejera que solo algunos contaron en su real dimensión. Ya es público, además, que la acusación no pudo ser probada. Pero el tema no fue aclarado en 678.
Paolo Menghini, uno de los líderes de los familiares que fueron víctimas de la tragedia de Once, es un trabajador en la televisión pública. Fue censurado prolijamente en 678: nunca lo invitaron pese a que lo veían en los pasillos del canal. Mientras, los panelistas aseguraban que Clarín era el culpable de la tragedia porque había apoyado la privatización de los trenes veinte años antes. 678 se dedicó durante años a burlarse de los periodistas que investigaban casos probados, como la corrupción de Boudou, la formidable fortuna de los Kirchner, el crecimiento sideral de Lázaro Báez, el pasado espantoso de César Milani. Los colegas que revelaban estos datos eran retratados como miserables, alcahuetes, y ridiculizados a diario. Mientras tanto se justificaba el despido de colegas, como fue el sonado caso de Juan Miceli en el propio canal, por el simple hecho de haber formulado una pregunta pertinente a un líder de la Cámpora.
Durante años, la crueldad de 678 se dirigió a personas tan disímiles como Juan Campanella, Mirtha Legrand, Susana Giménez, Mike Amigorena, Carlos Tévez, Eliseo Subiela, Ricardo Darín, Alejandro Borensztein,Martín Caparrós, Beatriz Sarlo, Adrián Suar, Fabián Gianolla, Miguel del Sel, y un sinnúmero de colegas de distintos medios y de políticos opositores. Incluso la padecieron Daniel Scioli y Jorge Bergoglio, a quienes les adjudicaban conductas tenebrosas y miserables, hasta que llegó la orden de cambiar el enfoque. Lo único que todos ellos tenían en común era que, en determinado momento, como Matías Reggiardo o Victoria Donda, se atrevían a decir algo en contra de alguna medida del Gobierno.
El rasgo más novedoso de todo esto no es que 678 haya existido sino que muchas personas que se sienten buenas e idealistas, coreen su nombre. Allí está la fuerza del programa pero también es una gran definición del sector social que los apoya. ¿No saben lo que fue? ¿No saben lo que es? ¿Lo saben y lo respaldan? No es algo novedoso. A lo largo del siglo XX, la izquierda menos democrática –en sus distintas variantes– cayó muchas veces en la apología de la crueldad. Los argumentos eran muy parecidos, siempre: el que disiente es funcional al enemigo, nuestra causa es tan trascendente que conviene ignorar algunos crímenes y aislar o destruir a quienes los denuncian, del otro lado son peores. No son los mismos tiempos pero tal vez, en un contexto más democrático, esas taras hayan vuelto ahora en esas personas que se sienten rebeldes, militantes, comprometidas, y terminan gritándole hijos de puta a todos los jueces, basura y dictadura al nuevo Presidente, confundiendo un golpe de estado con el efímero gobierno de Pinedo y coreando el nombre de un programa tan cruel.
678 es, en alguna medida, un buen símbolo para entender por qué el kirchnerismo es rechazado por cientos de miles de personas –tal vez millones– que no son ni de derecha, ni apoyaron ninguna dictadura, ni leen Clarín, ni simpatizan con los gerentes de multinacionales, ni están esperanzados con la presidencia de Mauricio Macri: es, simplemente, un límite.
Hay que decir que esta sociedad, por suerte, no lo pasó. Un Gobierno quiso convencerla de que la crueldad era una herramienta que se debía naturalizar. Puso una enorme dosis de energía y capital para hacerlo. Pero no lo logró. Ojala las personas que siguen reivindicándola entiendan que, en principio, es un arma inútil que envilece, antes que a nadie, a quienes la aplican y al proyecto político que dicen defender.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Uri Avneri: "El terrorismo internacional no existe"

El “terrorismo internacional” no existe.
Declararle la guerra al “terrorismo internacional” es una idiotez. Los políticos que lo hagan son o bien tontos o cínicos, y probablemente sean ambas cosas.
El terrorismo es un arma. Como un cañón. Nos reiríamos de alguien que declarase una guerra contra “la artillería internacional”. Un cañón pertenece a un ejército y sirve a los fines de ese ejército. El cañón de un bando dispara contra el cañón del bando contrario.
El terrorismo es un método operativo. Lo usan a menudo los pueblos oprimidos, incluida la Resistencia francesa contra los nazis durante la II Guerra Mundial. Nos reiríamos de alguien que declarase una guerra contra “la resistencia internacional”.
“El terrorismo es la continuación de la política con otros medios”, diría Clausewitz
Carl von Clausewitz, el pensador militar de Prusia, dijo una vez, como sabemos, que “la guerra es la continuación de la política con otros medios”. Si viviera hoy entre nosotros, igual diría: “El terrorismo es la continuación de la política con otros medios”.
Terrorismo quiere decir, literalmente, amedrentar a las víctimas para que se rindan ante lo que quiere el terrorista.
El terrorismo es un arma. Normalmente es el arma de los débiles. De aquellos que no poseen bombas atómicas como las que se lanzaron sobre Hiroshima y Nagasaki, aterrorizando a los japaneses para que se rindiesen. Ni aviones como las que destruyeron Dresde en un (infructuoso) intento de amedrentar a los alemanes para que abandonasen la lucha.
Dado que la mayoría de los grupos y países que utilizan el terrorismo tienen objetivos diferentes, a menudo enfrentados, no hay nada “internacional” aquí. Toda campaña terrorista tiene su carácter propio. Dejando al margen el hecho de que nadie se considera a sí mismo terrorista, sino un luchador (o luchadora) por Dios, la Libertad, o Loquesea.
(No puedo evitar recordar, sin modestia, que hace muchísimo tiempo acuñé la frase: “Lo que para uno es un terrorista, para otro es un luchador por la libertad”).
Muchos israelíes normales sintieron una profunda satisfacción tras los atentados de París. “¡Ahora estos malditos europeos experimentan por fin lo que nosotros sentimos todo el rato!”
Si son lo mismo los palestinos con cuchillos y los belgas del ISIL, el problema no es de Israel
Binyamin Netanyahu, como pensador un enano, pero un brillante vendedor, se ha dedicado a la idea de inventar un vínculo directo entre el terrorismo yihadista en Europa y el terrorismo palestino en Israel y los territorios ocupados.
Es un golpe digno de un genio: si son la misma cosa los adolescentes palestinos que blanden cuchillos y los devotos belgas del ISIL, entonces no hay un problema israelí-palestino, no hay ocupación, no hay asentamientos. Sólo hay fanatismo musulmán (Se ignora, de paso, a los muchos árabes cristianos que forman parte de las organizaciones palestinas “terroristas” laicas).
Esto no tiene nada que ver con la realidad. Los palestinos que quieren luchar y morir por Alá se van a Siria. Los palestinos – tanto los religiosos como los laicos – que disparan, acuchillan o atropellan a los soldados y civiles israelíes en estos días quieren liberarse de la ocupación y crear un Estado propio.
Eso es algo tan obvio que incluso alguien con el cociente intelectual limitado de nuestros ministros podría entenderlo. Pero si lo entendiesen, tendrían que afrontar opciones muy desagradables respecto al conflicto israelí-palestino.

Así que mejor nos quedamos con la conclusión confortable: nos matan porque son terroristas natos, porque quieren encontrarse a sus 72 vírgenes en el paraíso que les han prometido, porque son antisemitas. Y viviremos, como alegremente vaticina Netanyahu “eternamente con la espada en la mano”.
Por muy trágicos que sean los resultados de todo incidente terrorista, hay algo absurdo en la reacción europea ante los atentados recientes.
La cúspide de la absurdiotez se alcanzó en Bruselas, donde un terrorista solitaria paralizó con su huida una ciudad entera, una capital entera, durante días sin disparar un solo tiro. Era el éxito definitivo del terrorismo en su sentido más literal: utilizando como arma el miedo.
Los medios de comunicación modernos son los mejores amigos de los terroristas
Pero la reacción en París no era mucho mejor. El número de víctimas de la atrocidad era alto pero comparable al número que cada dos semanas muere en las carreteras de Francia. Desde luego era mucho menor que el número de víctimas de una hora en la II Guerra Mundial. Pero las ideas racionales no cuentan. El terrorismo funciona por la percepción de las víctimas.
Parece increíble que diez individuos mediocres, con unas cuantas armas primitivas, puedan causar un pánico mundial. Pero es un hecho. Respaldados por los medios de comunicación, que viven de este tipo de cosas, los terroristas locales se convierten hoy en amenazas mundiales. Los medios de comunicación modernos son, por su propia esencia, los mejores amigos de los terroristas. El terror no se podría expandir sin ellos.
El siguiente mejor amigo del terrorista es el político. Es casi imposible para un político resistir la tentación de montarse en la ola del pánico. El pánico crea una “unidad nacional”, el sueño de todo dirigente. El pánico crea el deseo de tener un “líder fuerte”. Es un instinto humano básico.
François Hollande es un ejemplo típico. Siendo un político mediocre pero taimado, aprovechó la oportunidad de posar como líder. “C’est la guerre”, declaró. Y montó una histeria nacional. Desde luego esto no es ninguna ‘guerre’. No es la II Guerra Mundial. Es sólo un ataque terrorista por parte de un enemigo oculto.
Cuando los políticos no saben qué hacer, dan discursos, convocan reuniones y bombardean a alguien
Uno de los hechos que nos han revelado estos atentados es lo increíblemente idiotas que son todos los dirigentes políticos que hay por ahí. No entienden el desafío. Reaccionan ante amenazas imaginadas e ignoran las verdaderas. No saben qué hacer. Así que hacen lo que les sale natural: dan discursos, convocan reuniones y bombardean a alguien (da igual a quién y por qué).
Cuando uno no entiende la dolencia, el remedio es peor que la enfermedad. Bombardear causa destrucción y la destrucción crea nuevos enemigos que tendrán sed de venganza. Es una colaboración directa con los terroristas.
Era un espectáctulo triste: todos estos líderes mundiales, comandantes de naciones poderosas, correteando por ahí como ratones en un laberinto, reuniéndose, dando discursos, emitiendo declaraciones absurdas, totalmente inacapaces de afrontar la crisis.
El problema es de hecho mucho más complicado de lo que se creerán las mentes simples, porque implica un hecho poco habitual: el enemigo esta vez no es una nación, no un Estado, ni siquiera un territorio concreto, sino una entidad indefinida: una idea, un estado de ánimo, un movimiento que tiene algún tipo de base territorial pero no es un Estado de verdad.

Esto no es un fenómeno sin precedentes: hace más de cien años, el movimiento anarquista cometía actos terroristas en todas partes sin tener ningún tipo de base territorial. Y hace 900 años, una secta religiosa sin país, la de los asasinos (una deformación de la palabra árabe para ‘fumadores de hachís’) aterrorizó el mundo musulmán.
No sé cómo hay que luchar eficazmente contra el Estado (o en realidad No Estado) Islámico. Estoy muy convencido de que nadie lo sabe. Desde luego no los (y las) idiotas que están al cargo en los gobiernos.
No estoy seguro de que ni siquiera una invasión territorial destruiría este fenómeno. Pero incluso una invasión parece inverosímil. La Coalición de los Involuntariosos montada por Estados Unidos no parece tener muchas ganas de enviar soldados al terreno. EE UU y sus aliados locales odian a las únicas fuerzas que podrían intentar tal cosa: los iraníes y el Ejército del Gobierno sirio.
EE UU y Europa no saben elegir entre el eje Asad-Irán-Rusia y el bando ISIL-saudíes-suníes
Es más, si uno busca un ejemplo de desorientación total, que raya en la demencia, es la incapacidad de Estados Unidos y las potencias europeas de elegir entre el eje Asad-Irán-Rusia y el bando ISIL-saudíes-suníes. Añádase el problema turco-kurdo, la hostilidad ruso-turca y el conflicto israelí-palestino, y todavía falta mucho para tener la imagen completa.
(Para amantes de la Historia hay algo fascinante en que vuelvan a emerger la lucha de siglos entre Rusia y Turquía en este nuevo escenario. Al fin y al cabo, la Geografía es lo que más cuenta).
Se ha dicho que una guerra es demasiado importante como para dejar que se encarguen los generales. La situación actual es demasiado complicada como para dejar que se ocupen los políticos. Pero ¿quién más hay por ahí?
Los israelíes creemos (como de costumbre) que podemos dar lecciones al mundo. Conocemos el terrorrismo. Sabemos qué hay que hacer.
¿Lo sabemos?
Desde hace semanas, los israelíes viven en pánico. A falta de un nombre mejor se llama “la oleada de terror”. Cada día, dos, tres o cuatro adolescentes, algunos de no más de 13 años, atacan a algún israeli con cuchillos o lo atropellan con un coche. Normalmente se les dispara y mata en el acto. Nuestro famoso ejército lo intenta todo, incluso medidas de represalias contra sus familias y castigos colectivos de sus aldeas, sin éxito.
No hay conexión entre ISIL y los palestinos. Pero si no se resuelven, estos problemas se fundirán
Son actos individuales, a menudo bastante espontáneos, y por eso es prácticamente imposible prevenirlos. No es un problema militar. El problema es político y psicológico.
Netanyahu intenta montarse en esa ola, al igual que Hollande y compañía. Cita el holocausto (equiparando a un chaval de 16 años de Hebrón a un curtido oficial de las SS en Auschwitz) y habla sin parar de antisemitismo.
Todo eso para ocultar un hecho notorio: la ocupación con su humillación diaria de la población palestina, cada hora, cada minuto. Algunos ministros del Gobierno ya ni esconden siquiera que el objetivo es anexionar Cisjordania y finalmente expulsar a los palestinos de su tierra.
No hay un conexión directa entre el terrorismo del ISIL en el mundo y la lucha palestina por su Estado. Pero si no se resuelven, al final estos problemas se fundirán en uno solo… y un ISIL mucho más poderoso unirá el mundo musulmán, como lo hiciera Saladino, para enfrentarse a nosotros, los nuevos cruzados.
Si yo fuera creyente, susurraría: Dios no lo quiera.
Publicado en Gush Shalom | 28 Nov 2015 | Traducción del inglés: Ilya U. Topper

viernes, 16 de octubre de 2015

El pastorcito mentiroso y el lobito "Stiuso"

La Nación de hoy, 16 de octubre de 2015, publica un artículo según el cual, el 18 de febrero pasado, el ¿ex? SIDE Antonio “Jaime” Stiuso fue retenido por migraciones antes de dejar el país en un paso fronterizo. Se hicieron averiguaciones en la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), ésta hizo averiguaciones en el juzgado en el que se investiga la muerte del fiscal Nisman, y finalmente se lo autorizó a abandonar el país:


La explicación que el gobierno da a la opinión pública es que “en ese momento” no había razones para impedirle la salida del país. No había ningún pedido judicial en ese sentido:


Lo que ningún diario ni oficialista ni opositor publica en relación con este tema es que, tan sólo 5 días después de ese hecho, el ejecutivo denunció a Stiuso por contrabando y evasión fiscal, por maniobras efectuadas desde la Ex SIDE durante 2013 y 2014:


Por lo tanto, ahora sabemos que, cuando el gobierno denunció a Stiuso por maniobras realizadas con bastante anterioridad, ya sabía que éste no estaba en el país, cosa que no fue informada a la opinión pública al momento de poner en conocimiento de ella esta denuncia.

Puede decirse entonces que, si hubiera sido un poco más “diligente” el ejecutivo en denunciar lo que había pasado en sus propias oficinas, bastante tiempo atrás, tal vez algún juzgado hubiera librado alguna orden de restricción de salida del país contra una persona investigada por contrabando y evasión fiscal.

También podría decirse que el gobierno, deliberadamente, sólo hizo la denuncia cuando sabía que el denunciado no podía ser detenido en el país, y que los secretos que guarda, estaban a salvo a miles de kilómetros de distancia.

O bien podría decirse que, una vez sabido que el ex agente había escapado y que el gobierno no había hecho aún ninguna denuncia en su contra, ordenó se preparara en tiempo récord una denuncia por manejos que habitualmente se hacen en los servicios de inteligencia, porque era lo único que se tenía a mano.

Mucho, pero muchísimo tiempo después, tratándose de la necesidad de atrapar a un personaje con recursos para ocultarse, se hicieron otras denuncias penales por temas más sustantivos:


¿Algún día explicará Parrilli porqué hicieron todo cuando ya no se podía atrapar al sujeto?


O será que, como en la fábula del pastorcito, cuando diga la verdad ya nadie le va a creer.

martes, 10 de marzo de 2015

La muerte... ¿es la política por otros medios?



Por el Equipo de Discusión del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP)

Claudio Lozano, Tomas Raffo, Horacio Fernández, Jaime Farji, Ariel Pennisi y Bruno Costas


Una vez más en la historia reciente de nuestro país, una muerte tuerce el rumbo del escenario político. Este que parecía estabilizado hacia una transición controlada en sus aspectos significativos por el gobierno y tolerada por la oposición (aunque siempre con el interrogante de los efectos que la recesión y la conflictividad social podían producir) se modificó por distintas razones.

Si los asesinatos de Kosteki y Santillán sellaron la suerte del gobierno de Eduardo Duhalde en junio de 2002, y el fallecimiento de Néstor Kirchner, en octubre de 2010, contribuyó para que Cristina Fernández obtuviera su reelección un año después, la muerte, en circunstancias aún no esclarecidas, del fiscal Alberto Nisman, ocurrida el pasado 18 de enero de 2015, alteró el escenario político actual con alcances aún difíciles de prever.

Pero vayamos por partes.

Luego de la derrota electoral sufrida por el gobierno en las elecciones legislativas de medio tiempo de octubre de 2013, quedaron sepultadas las aspiraciones de una nueva reelección de CFK. El oficialismo retuvo la mayoría en ambas cámaras, pero no logró el número suficiente de legisladores para habilitar una reforma constitucional. A partir de ese momento, todos los actores políticos y sociales supieron que el escenario de los dos años siguientes estaría marcado por una transición, y en función de ella todos configuraron sus respectivos comportamientos.

Con Cristina Fernández fuera de pista, y sin posibilidad de imponer un candidato “del riñón” al PJ, los dos principales aspirantes de ese partido, Daniel Scioli como “heredero” y Sergio Massa como “opositor” pasaron a tener el camino allanado para construir dos grandes opciones de un justicialismo dividido. Aunque para muchos esas sean dos caras de una misma moneda, (dada la capacidad del PJ para ser oficialismo y oposición al mismo tiempo) lo cierto es que se dispusieron a disputar el voto del electorado, y no hay ninguna posibilidad de arreglo entre ellos antes de octubre de 2015. Lo que vaya a pasar después es, en la política argentina, futuro incierto.

Con el kirchnerismo sin candidato y con el justicialismo dividido, crecieron las probabilidades de que un gobierno no peronista pueda consagrarse en 2015. Con ese panorama, el PRO, con Mauricio Macri como candidato presidencial consagrado, y el Frente Amplio UNEN, con varios aspirantes, comenzaron a prepararse para captar el voto no peronista y el voto independiente.

Massa, Macri y los principales referentes de UNEN, envalentonados por la derrota electoral del oficialismo, y con una situación socioeconómica signada por el deterioro del empleo, del poder adquisitivo de los salarios y jubilaciones debido al proceso inflacionario, y por las presiones sobre el tipo de cambio motorizadas por la intervención del mercado cambiario, desplegaron al unísono la receta de la solución tradicional a los problemas de la economía argentina:

  • Volver a los mercados de capitales internacionales
  • Estabilizar el valor de la moneda con el ingreso de dólares del endeudamiento y liberar el mercado cambiario doméstico
  • Abrir los sectores de recursos naturales y energéticos estratégicos a los inversores externos
  • Recuperar los puestos de trabajo perdidos en un proceso virtuoso de producción sin inflación, motorizado por las inversiones externas y el endeudamiento
  • Pagar el capital y los intereses de la deuda externa con los ingresos por exportaciones energéticas, mineras y de commodities agrícolas

El gobierno intentó por todos los medios conservar iniciativa política para evitar, o al menos demorar, los efectos de la debilidad que supone el plazo fijo para su retirada. Así, puso en juego su capacidad de negociación-extorsión al interior del justicialismo, tratando de controlar (incluso recurriendo a la indefinición deliberada) la elección del candidato oficialista a Presidente. Dió aire a todo aquel que mostrara su aspiración de ser el candidato de la “continuidad del proceso” (Randazzo, Dominguez, Rossi, Taiana), presionó al “candidato natural” (Scioli) y hasta alimentó las ilusiones del “núcleo duro” (“que se enfrenten con Cristina y sanseacabó”). Mientras tanto, aseguró la colocación de sus candidatos a diputados en las listas de diferentes distritos, más allá de quién termine siendo el que dispute la primera magistratura.

Asimismo, desplegó un conjunto de inventivas legislativas como la reforma de las leyes sobre derechos de consumidores y usuarios (abastecimiento), sacó finalmente adelante la polémica reforma del código civil, e impuso la reforma del código procesal penal con el que, sin pudor, pretende poblar el ministerio público de fiscales afines que le garanticen impunidad a futuro.

Igualmente audaces fueron sus decisiones en materia de política económica. Sin ningún prurito ideológico, y sosteniendo el mismo discurso “nacional y popular”, plagió lisa y llanamente el menú de la oposición conservadora, e hizo todos los “deberes” de la ortodoxia neoliberal para “reinsertar” al país en los “circuitos financieros internacionales”. Veamos:

  • Arregló millonarias demandas que empresas extranjeras habían entablado contra la Argentina en el CIADI, aceptando el pago de sus reclamos
  • Renegoció la deuda con el Club de París, sin revisarla a pesar de que una parte de la misma había sido contraída por la última dictadura militar, y reconoció un monumental incremento del endeudamiento público sin pasar por el Congreso
  • Procuró sin éxito ganar tiempo en la demanda judicial de los fondos buitres para arreglar también con ellos, pero después del vencimiento de la cláusula RUFO
  • Firmó contratos con multinacionales como Chevrón, con cláusulas aún desconocidas por la opinión pública, pero entre las conocidas se sabe que se le entrega a perpetuidad la explotación de los recursos no convencionales en las áreas de la formación neuquina de Vaca Muerta en las que opera en conjunto con YPF, y abrió el acceso a todas las restantes empresas, incluso aquellas que tienen en explotación yacimientos convencionales, para que obtengan las mismas condiciones
  • Suscribió acuerdos con China que entregan los recursos naturales en condiciones ampliamente ventajosas, y que prácticamente son un certificado de defunción para el MERCOSUR, a cambio de ingresos de divisas a corto plazo

La recesión, provocada por el deterioro de la capacidad de consumo de la población, acentuó el proceso de destrucción de puestos de trabajo, pero esa contracción de la demanda agregada moderó las presiones inflacionarias. Las trabas a las importaciones frenaron la producción industrial y contribuyeron a moderar el rojo de las cuentas externas. Los acuerdos de SWAPs con China permitieron el ingreso de moneda extranjera computable como reservas internacionales, y los “pagos” de vencimientos de deuda quedaron depositados en cuentas del Banco Nación en el país, gracias a lo cual no impactaron aún en el balance de divisas, base caja. De acuerdo con lo publicado por el BCRA, el balance de divisas del año 2014 tuvo un resultado positivo, obtenido mediante diferentes artilugios contables.

Todo lo descripto configuró un cuadro de “ajuste recesivo” que logró estabilizar variables tales como la inflación y el tipo de cambio, otorgando márgenes de maniobra para el gobierno, mientras la conflictividad social aparece relativamente controlada, en parte por el despliegue de los aparatos represivos del estado, en parte por la fragmentación de las dirigencias sindicales y por el reacomodamiento de varios de cara al futuro proceso electoral.

En un escenario de deterioro del empleo, el sindicalismo tradicional espera la llegada del próximo gobierno para negociar en mejores condiciones, sabiendo que es muy poco lo que puede obtener de éste y de las patronales. A pesar del activismo de la izquierda sindical y del compromiso de lucha de la CTA autónoma, los conflictos más importantes son de carácter defensivo (reincorporación de trabajadores despedidos, etc.), y se carece de la capacidad de movilización y de organización suficientes para imponer un plan de lucha sin el concurso de la CGT, que tiene otras prioridades y está muy lejos de la “unidad de acción” del año 2012.

Salvo grandes operadores internacionales como las multinacionales del petróleo o el gobierno de China, que están en condiciones de obtener grandes ventajas a cambio de saciar la avidez cortoplacista del gobierno por divisas, los restantes operadores esperan el cambio de gobierno para tomar decisiones de inversión.

La oposición política conservadora y sistémica, incapaz de desplegar ninguna iniciativa propia o de frenar las iniciativas del gobierno, y despojada por éste de sus propias ideas para resolver la coyuntura, no tiene más espacio que el de ensayar un discurso diferenciador excluyendo toda referencia al modelo productivo o a la coyuntura socioeconómica, y se centra en "los modales" y en la “cuestión republicana”. A lo sumo aparecen los cultores del ajuste fiscal que cuestionan la dilapidación del gasto gubernamental desde una perspectiva que induciría mayor recesión aún.

En ese escenario de dominio precario, pero dominio al fin, de la iniciativa política, con las variables macroeconómicas bajo control, y con el conflicto social “planchado”, el gobierno se aprestaba a transitar con razonables niveles de estabilidad sus últimos meses, y la oposición parecía resignada a afrontar la campaña como mejor pudiera, y los sectores populares permanecían inmovilizados entre la prudencia y la debilidad.

Entonces... la muerte se hizo presente para patear el tablero.

Para comprender un suceso, lo más común es explorar sus causas. Pero la muerte del fiscal Nisman, el múltiple entramado de causas que llevaron a ese desenlace, y la complejidad de los submundos en los cuales tuvo lugar, entre los que pueden citarse sólo como ejemplo el de los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros, el de la investigación que estaba llevando adelante el fiscal y las presiones que en torno de la misma se venían desplegando, y el de las pujas por el control del poder judicial, hacen que para no movernos en el terreno de las hipótesis, resulte en este caso más útil tratar de analizar los efectos. Las posiciones progresistas o de una izquierda políticamente correcta son presas de una sensibilidad atravesada por el principio de sospecha. El sentido común más bien antipolítico, por lo general crédulo y conformista aun en el más quejoso de sus estados, se aviene a la sospechología a partir de escenarios como el actual, con sus fogoneos mediáticos a cuestas. El resultado es una olimpiada que tiene como protagonista al único deporte de la sospecha. Admitamos que hay un goce en el acto sospechador, en tanto éste daría cuenta de una inteligencia en movimiento, de una profundidad ejemplar o una mirada suspicaz. En ese sentido, conviene detenerse ante tanto goce (término que perfectamente le podemos arrebatar al psicoanálisis) y apelar a un principio de cautela que apunte a forjarse una salud política. Hacerse a un costado del territorio, por ahora imaginario, de la sospecha no significa desinteresarse por las causas de un hecho tan traumático, sino conseguir algo de oxígeno para orientarse de otra manera.

El territorio más concreto –y brutalmente literal– de los efectos nos muestra, antes que cualquier otra cosa, una profundización de la tendencia binaria que domina como matriz de lectura política la mayor parte del discurso público. Las posiciones, tanto en sus contenidos como en sus tonalidades, previas a la muerte de Nisman se agudizaron, como si esa muerte se agregara como leña a la voracidad de una maquinaria interpretativa que está al límite de sus posibilidades. El binarismo funciona como una trituradora de basura, absorbe los hechos como desperdicios de la gran, verdadera y fundamental conspiración. Del discurso rudimentario de un militante raso a las engoladas frases de un filósofo devenido funcionario, el esquema es básico y parece no tener afuera: desde la CIA hasta la ex SIDE, pasando por el MOSSAD y los medios masivos de comunicación locales complotan y logran engañar a alguna ingenua clase trabajadora y a la siempre maliciosa clase media. “Justo cuando la presidenta mostraba una imagen pública más que aceptable”. Es decir, pasan de categorías setentistas medio oxidadas (como los fierros) al lenguaje del marketing político y la encuestología.

Solo contamos con una información cierta: qué hacen los actores ante lo sucedido. Los que usan el nombre de una república gastada como la moneda para achacarle al gobierno ribetes autoritarios no distan mucho en su chicana de quienes viven con el mote “golpista” en la punta de la lengua y lo escupen, cada vez más seguido, desde el aparato del Estado. Sin embargo, el Estado no se hizo presente más que desde su costado sombrío de una Inteligencia que es el reverso de la sospecha festejada momentáneamente por la calle (incluyendo sus dos veredas de rigor). El resto son facciones: un gobierno que se pone a la altura de otras corporaciones, medios de comunicación determinados, zonas del poder judicial –sindicato incluido–, instituciones de la colectividad judía, etc.

En el marco de la guerra de los goces y el desprecio como ejercicio los, a estas alturas, indolentes actores avanzan ciegamente según el dictado de lo que suponen sus intereses. ¿Qué márgenes quedan, entonces, para la politización de los cuerpos, es decir, para la participación popular y plural en la vida pública? ¿Qué márgenes para posicionarse por fuera de la matriz de las sorderas enfrentadas? El camino de la Comisión Investigadora del caso AMIA, que tuvo su acertada marcha el miércoles 4, es importante por lo que dispone conceptualmente y por lo que significa en términos ético-políticos. Por delante, se abre una tierra incógnita que nos llama a renovar el lenguaje político al calor de nuevos emergentes, a inventarnos formas de relación con la vida pública capaces de desarmar las formas cristalizadas del momento para volver a interpelar… Pero, tal vez, tengamos que dejarnos interpelar antes por la complejidad de lo que pasa.

Crimen o suicidio, suicidio inducido o no, la muerte del fiscal Nisman conmovió profundamente a la sociedad argentina, que resultó sorprendida y abrumada por un hecho de semejante gravedad institucional, pero a la vez, aunque parezca contradictorio, en presencia de una “muerte esperada”.

Dos caras de una misma moneda: la sorpresa y la conmoción responde al deseo de seguir viviendo en comunidad, a la aspiración de que la vida en comunidad, con todo lo que ello implica, no permita que estas cosas sucedan, que la comunidad preserve al hombre común del desamparo que lo acecha cuando personas con poder, con dinero, con custodia y con notoriedad, aparecen muertas de esta forma. Y del otro lado la sensación de “muerte esperada” surge de las evidencias de descomposición social e institucional, de destrucción de lazos, de barranca abajo por la que viene despeñándose nuestro país desde hace años.

Cuando todo parecía encaminarse a una transición tranquila, cuando el único discurso que se imponía en el debate público era la receta ilusoria de la gobernabilidad del ajuste, no fue la capacidad creativa de las multitudes la que rompió el engaño, sino la capacidad destructiva de una muerte oscura, el elemento que puso a la sociedad frente al espejo.

No fue un hecho aislado. En el marco de esa “paz aparente”, el gobierno creyó que tenía margen para acelerar los tiempos de la designación de fiscales adictos. En ciertas instancias judiciales estas designaciones se frenaron. Simultáneamente, algunos jueces comenzaron a mover causas contra funcionarios y otros “amigos del poder” que habían permanecido “dormidas”. El gobierno advirtió que las riendas de ese animal que es el Poder Judicial se le estaban aflojando. Pero tal vez no advirtió que otros poderes, más poderosos, habían decidido que la transición no iba a ser tranquila.

Por la naturaleza de la división de poderes, el gobierno controló siempre el Poder Ejecutivo. Por efecto de la voluntad popular, también logró hacerlo con el Poder Legislativo. Pero con el Poder Judicial lo intentó de muchas formas y fracasó en 12 años. Modificó de modo virtuoso la cabeza de ese poder, al inicio de su mandato, con la elección de los miembros de la Corte. Luego pareció no tener política para continuar con los cambios, o dejarla en manos de la Corte. Más adelante vinieron las reformas al Consejo de la Magistratura que le dieron al PEN el control de las designaciones y remociones. No conforme con eso, tuvo el delirio de la “democratización” de la justicia por medio de la cual procuró partidizar la elección de los consejeros representantes de jueces, abogados y académicos, que no salió. Cambió al procurador cuando tuvo que proteger a Boudou, nombró jueces subrogantes y fiscales, truchó concursos, pero no logró su objetivo.

Su último recurso (que también fue el primero, ya que siempre lo utilizó), fue el control de los jueces y fiscales a través de los servicios de inteligencia. En ese punto se entrelazaron peligrosamente dos políticas erróneas: la pretensión de controlar la justicia para obtener impunidad, renunciando a una democratización del poder judicial, y la pretensión de convertir al aparato de inteligencia del estado en un instrumento ilegal de extorsión de jueces y fiscales y de infiltración en los movimientos populares. Así, el gobierno quedó cautivo de su propio instrumento (los servicios de inteligencia), cuyos resortes no controló nunca, y se quedó sin recursos legales (que deberían ser provistos por una justicia independiente) para perseguir y castigar la autonomización de estos cuerpos. ¿Cómo hacerlo cuando las órdenes impartidas por la autoridad política violan el marco jurídico?

Cuando el gobierno advirtió que su aparato de inteligencia no le resultaba eficaz, insistió en la ilegalidad al intentar desarrollar un aparato de inteligencia militar (de la mano del ascenso irrefrenable de Milani) pero, finalmente, decidió reestructurar la secretaría de inteligencia y zanjar una interna a favor de uno de los dos sectores en que ésta estaba dividida.

En respuesta a esta ofensiva, el sector aparentemente “perdidoso” decidió demostrar su capacidad de daño operando a través del fiscal Nisman, que hacía meses venía trabajando en la denuncia que finalmente presentó una vez que Stiuso quedó afuera de la SIE. Correlación no es causalidad, según un principio de la estadística. Pero tampoco existen las coincidencias en política, mucho menos con un tema tan trascendente. La elección del tema y del personaje para golpear al gobierno tampoco son casuales: durante años el sector ahora perdidoso de la SIE fue el sector privilegiado del gobierno, y desarrolló con su aval toda la argumentación de la “pista iraní” en la causa AMIA. El viraje del gobierno en este tema, como su anterior opción por él, nunca respondieron a la intención de esclarecer la verdad y hacer justicia, sino a opciones de alineamiento en política exterior.

La política de control del poder judicial del gobierno, entonces, derivó en un ajuste de cuentas con sus propios servicios de inteligencia, y este ajuste de cuentas derivó en un renovado impulso de la acusación del fiscal Nisman contra el gobierno en defensa de la pista iraní, ahora abandonada por el gobierno pero sostenida por este sector de los servicios. La denuncia del fiscal Nisman derivó en su muerte. Y la muerte del fiscal Nisman, finalmente, derivó en una defensa corporativa de la independencia del poder judicial, por una parte, y en un reclamo generalizado de la sociedad contra la impunidad, por la otra.

Se fortalece, en este escenario, un discurso formalista republicano, incluso en manos de muchos que no se han preocupado demasiado en el pasado por estos principios, y se soslaya, más aún si cabe, la relación entre república y democracia, y sobre todo entre democracia y justicia social. Se impone la tendencia a un gran agrupamiento “republicano” (la alianza Macri-Carrió y las fuertes presiones dentro del radicalismo para sumar a este bloque son el más claro ejemplo) y se debilita en el imaginario colectivo la perspectiva de una opción justicialista diferenciada del actual oficialismo.

Es todavía muy pronto para asegurar que esa será la tendencia definitiva de los reagrupamientos políticos antes de las elecciones de octubre de este año, pero en principio, este cimbronazo tiende a debilitar tanto al FA-UNEN como al Massismo, y a consolidar a Scioli y a Macri como los dos grandes contendientes.


En ausencia de una nueva experiencia política que exprese la vocación de cambio de los sectores populares, el escenario se encamina hacia una salida conservadora, en cualquiera de sus variantes, que recibirá el país a finales de 2015 con situaciones que estarán cerca de tornarse explosivas, y está por verse si en el momento en que éstas hagan crisis, la democracia habrá alumbrado o no una herramienta capaz de hacerse cargo de las transformaciones que hacen falta, sin que tengan que ser nuevas muertes las que cambien el rumbo de la situación. En esa dirección trabaja nuestro frente popular.