jueves, 21 de noviembre de 2013

Cristina no tiene anteojeras

Ante la juventud reunida en el patio de las palmeras de la Casa de Gobierno, sin la pretensión de hacer un discurso de anuncio de medidas sino de saludo a sus partidarios, después del acto de asunción de los nuevos funcionarios de su gobierno, la Presidenta de la Nación dijo muchas cosas.

No era un discurso para la ciudadanía, sino para la propia tropa. Cualquier extracto es arbitrario, y siempre depende de la interpretación que hace el que selecciona. Ya se sabe. Y estas líneas no son una excepción.

Dijo que había que profundizar el modelo, y más allá de la ambigüedad del propio modelo, eso significa "vamos a seguir como hasta ahora, no vamos a cambiar el rumbo".

En un pasaje referido a YPF, dijo textualmente:

"Yo no tengo anteojeras y sabemos que esto demanda capitales intensivos que o no están en la Argentina o los que los tienen los tienen en algún otro lugar y no los quieren poner acá".

O sea: no vamos a cambiar el rumbo. Antes era Repsol. Ahora será Chevron o quien quiera traer los capitales al sector de hidrocarburos.

No tenemos anteojeras. Detrás de esta definición política que implica que no somos dogmáticos y que podemos asociarnos con capitales extranjeros para sacar el petróleo y el gas del subsuelo, hay muchas otras verdades no dichas pero igualmente aceptadas.

Esos capitales, para venir, ponen condiciones. Tienen que ver con el precio que pretenden obtener por los hidrocarburos que eventualmente extraigan de nuestro subsuelo. Tiene que ver con la parte que podrán exportar de lo que extraigan. Tiene que ver con la libre disponibilidad de las divisas que obtengan por ello. Si no les damos todo eso no vienen.

¿Para qué nos sirve el gas y el petróleo si están abajo de la tierra? Esta es la pregunta que ha justificado desde que se descubrió petróleo en nuestro país, los diferentes planes de entrega de este elemento estratégico a los intereses de los capitales internacionales.

Cristina no tiene anteojeras. Ahora no es una nueva entrega porque está ella, su gobierno, su modelo. Quien quiera oír que oiga. Quien quiera creer que crea. Desde mayo de 2003 hasta hoy, se puede hacer un inventario de medidas y efectos que sirven para demostrar que ahora será distinto. Y otro inventario del mismo volumen de medidas y efectos que sirven para demostrar que ahora será igual que siempre.

Pero la política no es una cuestión de fe. En todo caso, puede no compartirse la idea, pero es una proposición política válida sostener que "la garantía" de que esto no será una nueva entrega del patrimonio nacional (mejor dicho, provincial, ya que los hidrocarburos pertenecen a las provincias), es la permanencia del actual proyecto político en el gobierno nacional, y la conducción política de Cristina.

Es decir, tanto para el caso YPF como para todo lo demás, la cuestión es cómo garantizar la permanencia del proyecto político en el gobierno, y la continuidad de la conducción de ese proyecto político en manos de la única figura capaz de sintetizar a los diferentes sectores que se encolumnan detrás de él.

O sea, hay un plan político. El plan político consiste en dar la pelea por continuar en el gobierno nacional en 2015. Para ello, es necesario alumbrar un candidato capaz de ganar la elección y que, una vez presidente, siga subordinado a la conducción política de Cristina.

Podría haber sido otro el plan político. Resignarse a perder la elección presidencial de 2015, ver surgir un nuevo gobierno de signo político distinto, ejercer el rol de oposición, y prepararse para volver democráticamente en 2019 con Cristina como candidata, líder, conductora y hasta, quién sabe, "salvadora de la patria". O menos épico, volver como Bachelet a Chile, por ejemplo.

Pero pensar en 2019, desde el 2013, es una utopía en Argentina.

No solo por una dinámica política "acelerada".

Sin los resortes del poder del estado, ¿quién es capaz de asegurar la cohesión de los diferentes sectores que hoy forman parte del proyecto?

Con un gobierno de signo político diferente, ¿quién controla a los jueces para que no investiguen los ilícitos cometidos desde 2003 hasta 2015 por funcionarios públicos? ¿Quién pone límite, hacia arriba, a esas investigaciones?

Demasiado riesgo.

Es preferible asumir el riesgo de construir un sucesor. Que también tiene riesgos.

Entonces volvemos a la frase: "no tengo anteojeras", pero aplicada a la construcción del sucesor y al plan de permanecer en el gobierno nacional después de 2015.

No tengo anteojeras. Para frenar la caída de reservas y poder recuperar un control razonable de la oferta de dólares en el mercado interno es necesario volver a los mercados financieros internacionales. Hay que terminar de arreglar la deuda con los fondos buitres. Hay que arreglar la deuda con el Club de París. No hay que hablar más del desendeudamiento. Habrá que diseñar un nuevo relato con un endeudamiento que preserve los intereses nacionales y de los sectores más desprotegidos. Habrá que hablar de un endeudamiento que sirve para que la industria no se caiga y no se caiga el empleo.

No tengo anteojeras. Para preservar el salario de los trabajadores (sin hablar de luchar contra la inflación, ya que inflación nunca hubo) habrá que contener la emisión y el gasto público, lo que dicen los ortodoxos y nunca íbamos a hacer mientras fueramos gobierno. Pero si lo hacemos nosotros, no lo hacemos porque seamos enemigos de la emisión y del gasto público. Sino porque vamos a orientar mejor esa emisión y ese gasto. Y de paso vamos a emitir menos y vamos a gastar menos.

No tengo anteojeras. Las estructuras provinciales y municipales del justicialismo son imprescindibles porque son las que tienen los votos de la gente. Y los gobernadores son los que están en la gestión todos los días y resuelven los problemas de la gente. ¿Cuánto faltará para que algunos sectores merezcan el mote de "imberbes"? Tal vez no haga falta. Tal vez los imberbes de hoy no sean tan apresurados como los de ayer. Tal vez, ellos también, sean pragmáticos administradores.

Cristina no tiene anteojeras.  Su plan político es continuar a cualquier precio.  Pero implica que todos sus partidarios se pongan las anteojeras y sigan al frente pase lo que pase.

Los cristinistas, los peronistas, los jóvenes que llegaron a la política en estos últimos años, los intelectuales de izquierda que quisieron ver en este proceso un fenómeno latinoamericano con limitaciones pero con potencialidad, esos millones de votos, de personas de carne y hueso que creyeron y siguen creyendo en la posibilidad de vivir mejor en este país, a los que les resulta cada vez más difícil el día a día, ¿se pondrán las anteojeras precisamente ahora?

Continuará...