jueves, 29 de agosto de 2013

Panorama después de las PASO


El pasado 11 de agosto se realizaron elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO) para las elecciones legislativas que se realizarán el 27 de octubre, en todo el país. El objeto de estas reflexiones es presentar los resultados más importantes, para luego intentar interpretarlos en función de tres cuestiones:

a) Si está cerrado el proceso iniciado con la crisis de 2001;

b) Si puede hablarse de un "fin de ciclo" kirchnerista, y

c) Si el electorado ha "desalojado" del espacio de centro izquierda a la expresión política de la CTA.

Los resultados:

El trabajo elaborado por Claudio Lozano ("Un análisis de las PASO a la luz de los datos") presenta y comenta los datos, de modo de facilitar su interpretación.
A riesgo de esquematizar mucho sus aspectos salientes, aquí se mencionarán sólo algunos de ellos, presentando muchas semejanzas y algunas diferencias:

El oficialismo: a nivel nacional, obtuvo uno de los peores resultados electorales de su historia, particularmente en comparación con los de 2011. Y resultan evidentes, por lo imprevistas, sus derrotas en distritos como La Rioja, Catamarca y San Juan. Sin embargo, cuando se ajustan adecuadamente los totales sobre los que se obtienen los porcentajes generales (descontando los votos en blanco), no estuvo por debajo del resultado obtenido en 2009. Pese a la notable pérdida de votos respecto de las presidenciales de 2011, ha logrado reafirmar su posición de primera fuerza política nacional (31% de los votos afirmativos, considerando el FPV y sus aliados). En cuanto a su presencia institucional, si se repiten los resultados en octubre, le alcanzará para mantener el control que ya viene ejerciendo en el Congreso Nacional, pero no para lograr la reforma constitucional que habilite una nueva reelección de CFK. Puede inferirse de ello como altamente probable un escenario caracterizado por dos procesos simultáneos: las disputas/negociaciones por la sucesión, por un lado, y los pases de dirigentes y grupos hacia otros espacios, por el otro. En la Ciudad de Buenos Aires, el kirchnerismo quedó en tercer lugar después de UNEN y de PRO, pero aún puede disputar el segundo lugar en octubre, considerando que UNEN difícilmente pueda conservar todos los votos de las listas internas que fueron derrotadas en las PASO. Más allá de esa perspectiva, no han surgido en este espacio en el distrito nuevos dirigentes o corrientes.

El peronismo no kirchnerista: ha sido la fuerza que más ha crecido, y se ha ubicado como segunda fuerza política nacional, con el 25,9% de los votos afirmativos. Presenta además la irrupción de Sergio Massa como figura en ascenso y nueva referencia política nacional. Expresa un discurso tan ambiguo como potente para atraer al electorado que en otras oportunidades ha acompañado al oficialismo, al peronismo tradicional, a sectores del establishment económico y a parte del sindicalismo. En una primera instancia, ha logrado desplazar la figura de Francisco de Narváez, que había encabezado con éxito en 2009 la disidencia peronista. Este nuevo foco de atracción de sectores y dirigentes del peronismo amenaza las perspectivas de Daniel Scioli como alternativa de recambio para 2015, a quien parece quedarle como único camino el de presentarse como "cambio dentro de la continuidad" del oficialismo. En la Ciudad de Buenos Aires se presenta la particularidad que el peronismo local aparece dividido entre el PRO y el FPV, lo que hasta ahora ha dejado poco espacio para esta nueva referencia política nacional. Sin embargo, tanto los desgajamientos que puedan sobrevenir en el kirchnerismo local, la influencia que eventualmente puedan conservar figuras como Alberto Fernández, ahora armador político de Massa, o la posibilidad de extender a la ciudad el acuerdo alcanzado entre Macri y Massa en provincia, determinarán si en un futuro cercano este nuevo actor se instala o no en el distrito. Por el momento es muy difícil hacer proyecciones.

La "entente" radical-socialista: luego de una "pausa" en este armado, ocurrida en las elecciones de 2011, cuando el acuerdo entre Francisco de Narváez y Ricardo Alfonsín empujó al socialismo a buscar otros aliados, y a la Coalición Cívica a la soledad, esta alianza política ha vuelto a su cauce original, pero esta vez fuertemente apoyada por los medios de comunicación tradicionales y por un sector del establishment económico. Las principales novedades fueron que se presentó al electorado como un frente de "centroizquierda", y que sumó, en la Ciudad de Buenos Aires, a Pino Solanas y al sector de Proyecto Sur que lo acompaña, provocando la dispersión del resto de las fuerzas que componían ese espacio, que había quedado segundo en 2009. Otro efecto de este armado fue la desarticulación del Frente Amplio Progresista en dos de los distritos en los que mejor desempeño electoral había tenido en 2011: Capital y Provincia de Buenos Aires. Este "revival" (que permite preguntarse si realmente alguna vez dejó de existir como proyecto por parte de algunos de los principales impulsores del FAP) le permitió consagrarse como tercera fuerza política nacional, con un porcentaje (23% de los votos afirmativos) ligeramente inferior al obtenido en 2009, pero primera en distritos tan importantes como Capital (sumando todas sus listas internas), Santa Fe y Mendoza. Además, presenta el resurgimiento de figuras políticas como Elisa Carrió y Julio Cobos, y la vigencia de Hermes Binner, como eventuales integrantes de una futura fórmula presidencial.

Unidad Popular: aunque se haga un encomiable esfuerzo matemático por agregar los resultados obtenidos por las alianzas distritales en las que participaron los diferentes instrumentos electorales que conforman UP, debe afirmarse que esta agregación, desde el punto de vista político, no es válida. En algunos casos UP participó de la alianza radical-socialista, en otros del FAP, en otros de acuerdos tan heterogéneos que, incluso, incluyeron al partido del "Momo" Venegas, y en otros, de frentes de izquierda. Tal es el caso de la Provincia de Buenos Aires y de Capital. En Provincia no se superó el porcentaje mínimo de votos necesarios para pasar al turno de octubre, con Marta Maffei encabezando la lista. En la Ciudad de Buenos Aires, Camino Popular, constituida tan solo 60 días antes de las PASO, con Claudio Lozano e Itai Hagman como cabezas de lista, logró superar el porcentaje para pasar al próximo turno. Sin embargo, fue superada por el FIT tanto en senadores (Dellacarbonara) como en diputados (Altamira). En diputados, además, fue superada por Autodeterminación y Libertad, encabezada por Luis Zamora, que no tuvo ni la militancia ni el tratamiento mediático favorable que mostró el FIT.

El FIT: encabezado por el Partido Obrero y sosteniendo una alianza electoral con el PTS e IS desde hace ya varias contiendas electorales, obtuvo 900.000 votos a nivel nacional, en uno de los mejores desempeños históricos de este sector político e ideológico. Ha logrado instalar algunos dirigentes con mejor presencia mediática (Altamira, Pitrola) que en épocas pasadas, así como otros referentes sociales y sindicales con protagonismo en conflictos de gran resonancia pública (subtes, ferrocarriles). De repetirse en octubre estos resultados, al menos lograría ingresar un diputado nacional (Pitrola, por la Provincia de Buenos Aires). La desaparición de un auténtico espacio de centro izquierda en las PASO, la incapacidad, indecisión, falta de claridad o de vocación política de UP para ocupar el espacio de la izquierda, las dificutades en los armados electorales o la ya señalada heterogeneidad de los mismos, facilitaron el terreno para que el FIT ocupara el espacio vacante y se erigiera como la principal fuerza de izquierda en la Argentina.

¿Está cerrada la crisis de 2001?

Hay que diferenciar los elementos de "crisis sistémica" de 2001 de aquellos que la caracterizan como una "crisis de régimen político". Los primeros se basan en el cuestionamiento social al modelo de dominación. Los segundos, a la incapacidad del sistema de representación y de mediación entre los ciudadanos y el Estado, para establecer una autoridad legal (y legítima) capaz de regular las relaciones entre las personas, las instituciones y los grupos de interés, y de contener los conflictos con niveles de coerción socialmente aceptables. Está claro que ambas cuestiones tienen puntos de contacto, pero son esencialmente distintas.

El cuestionamiento social del modelo de dominación existió en 2001, pero no estuvo acompañado, en la etapa inmediata posterior, de un proceso de reformulación de las relaciones sociales, motorizado desde la experiencia, la conciencia y la organización social. No es objeto de este trabajo describir las causas que impidieron el alumbramiento de ese proceso. Nos limitaremos a marcar dos cuestiones esenciales:

  • Aunque no haya logrado garantizar pisos de ingresos y de derechos elementales para millones de hogares, el capitalismo argentino, en esta era de globalización, alcanzó para mejorar las condiciones de vida de la población más castigada social y económicamente, para restituir los ahorros que se le habían confiscado a la clase media, y para recomponer (por un tiempo) la tasa de ganancia de los capitalistas a partir de la devaluación, la licuación de pasivos privados y las dos reestructuraciones de la deuda. Los indicadores sociales reales de hoy, en términos generales, volvieron a los niveles previos a la crisis. Esto no implica abrir juicio sobre la estabilidad en el futuro inmediato de esta situación.
  • Desde el punto de vista de la emergencia y construcción de sujetos colectivos, que es la esencia de la esfera política, la convocatoria de la CTA, poco después de las jornadas de diciembre de 2001, a la construcción de un Movimiento Político, Social y Cultural de Liberación, marca claramente una de las carencias fundamentales para que ese proceso de cambio en el modelo de dominación pudiera desarrollarse. Carencia que aún está vigente.

Abortado el desarrollo de un proceso de cambio en las relaciones sociales, la crisis de 2001 parecía que podía alumbrar modificaciones significativas en los sistemas de mediación (formas de decisión y de participación política) y, sobre todo, en las organizaciones llamadas a forjar esas nuevas mediaciones, habida cuenta del desprestigio de los partidos políticos tradicionales: el justicialismo, el radicalismo, y la izquierda.

Resultaba difícil imaginar, en aquellas jornadas, que los mismos dirigentes, desde las mismas estructuras, y con los mismos procedimientos que habían sido repudiados por la población, pudieran lograr establecer una autoridad legal y legítima capaz de gestionar el estado y establecer una relación con la sociedad civil que lograra satisfacer, al menos, ciertas demandas básicas, contener el conflicto social, recomponer la autoridad gubernamental, y organizar un sistema político en el que la población se encontrara representada.

La suspensión de los pagos de la deuda externa, decidida por Rodríguez Saa, primero, y la etapa Duhalde, después, con decisiones como la devaluación, la pesificación de créditos y deudas, el plan jefas y jefes de hogar, sentaron las bases de una especie de "tregua" implícitamente aceptada por un cuerpo social que se había encontrado muy cerca de la desaparición de toda forma de autoridad estatal. Pero no tenían la legitimidad política suficiente para articular un nuevo sistema de representación.

La salida electoral de mayo de 2003, aún con la precariedad conocida por la declinación de Menem, el candidato más votado, de participar en el ballotage, inició el ciclo político del kirchnerismo, que tuvo en un principio muy claro el objetivo de recomponer la autoridad estatal y, a partir de ella, reconstruir un sistema de representación política.

La gestión Kirchner tuvo a su favor una situación económica internacional muy ventajosa en materia de precios internacionales de exportaciones, la protección del mercado interno derivada de la devaluación, un aparato productivo con altos niveles de capacidad instalada ociosa, disponibilidad de mano de obra producida por los años de recesión previos a la crisis. Todos estos elementos permitieron, convenientemente aprovechados hasta 2007, un proceso de crecimiento del producto y del empleo con niveles tolerables de inflación, y políticas sociales compensatorias para quienes quedaron de todos modos fuera de las relaciones laborales.

La gestión política de esta coyuntura, tanto desde los aspectos materiales ya descriptos, como desde los simbólicos, habilitó crecientes niveles de consenso social con el gobierno, que fue ganando grados de libertad para conducir, desde el estado, un proceso de articulación de un régimen político en el cual las organizaciones mediadoras de la sociedad recuperaran espacios (siempre relativos) de autonomía respecto de los poderes corporativos e intereses económicos.

Con una sociedad dispuesta a acompañarlo, el gobierno fue ambiguo respecto de su vocación de alumbrar un nuevo sistema político, o de recomponer el viejo. Las apelaciones a la trasversalidad y las críticas iniciales a las estructuras tradicionales de la política, parecían apuntar al cambio. Pero ese objetivo, si alguna vez existió, quedó relegado por las urgencias (desplazar al Duhaldismo del aparato político oficialista en la Provincia de Buenos Aires, principal distrito del país, obtener sustento parlamentario, en las elecciones legislativas 2003 y 2005, por acuerdo con los caudillos políticos provinciales del justicialismo, cooptar a un sector del radicalismo con la "concertación plural" en las elecciones de 2007).

El kirchnerismo siempre privilegió la gobernabilidad por sobre la transformación del sistema político, al punto de asimilar los conceptos de gobernabilidad y de legitimidad. Debe reconocerse, en este sentido, que el comportamiento delegativo de la sociedad, su rápido reflujo cuando la situación económico-social comenzó a experimentar una leve mejoría, facilitó esa idea.

De modo tal que la crisis de 2001, que no provocó un cambio de las relaciones sociales, tampoco generó una modificación del esquema tradicional de mediación y de representación políticas. Los cambios en la legislación de los partidos políticos consolidaron las estructuras tradicionales y dificultaron el surgimiento de nuevas. En cuanto a organizaciones o dirigentes, más allá de los reemplazos vegetativos, estamos frente a las mismas fuerzas previas a la crisis, sus desprendimientos o alianzas, con figuras surgidas de las mismas viejas escuelas, tal vez con la única excepción del Macrismo.

Y sin embargo, los altos niveles de participación en las elecciones, el hecho de que más allá de exabruptos puntuales, el debate se desarrolla civilizadamente, y los reducidos porcentajes de voto en blanco, parecen indicar que este sistema político contiene razonablemente a la población.

Hay otros elementos que apuntan en sendido contrario: ejemplo de ello son las resistencias sociales a un modelo económico extractivista avalado por la mayoría de las fuerzas del sistema, que no tienen ningún tipo de expresión política. En las PASO, por primera vez, han sido derrotados gobiernos provinciales fuertemente comprometidos con la megaminería a cielo abierto, por ejemplo, pero las fuerzas ganadoras no son cuestionadoras de ese modelo. La inexistencia de representación política de los pueblos originarios en las instituciones vigentes es otro elemento que revela la incapacidad del régimen para contener a todos, aún en calidad de minorías.

Pero hay otro aspecto menos observado por los analistas políticos: la pérdida de consenso del gobierno, que se puso de manifesto en las PASO, se asocia fuertemente al agotamiento de sus recursos materiales y simbólicos. Ya no hay "viento de cola" en la economía global, los recursos para políticas sociales ya no rinden como antes, el aparato productivo ya no se ajusta al aumento de la demanda, con cuellos de botella importantes como la inversión y la energía. Para poder afirmar que la crisis de 2001 está cerrada desde el punto de vista de la legitimidad del sistema político, éste aún debe demostrar que puede superar al menos un cambio de gobierno dentro de niveles razonables de conflictividad.

Esa es la diferencia sustancial entre gobernabilidad y legitimidad. La legitimidad es adhesión social. La gobernabilidad es conformidad o tolerancia con una gestión del poder delegado. No es poco, pero no es lo mismo. Si frente a la pérdida de consenso de un gobierno que deja de mostrarse capaz de mantener la gobernabilidad alcanzada, la sociedad no encuentra alternativas en su sistema político, estará otra vez frente al vacío. Y experimentará nuevamente la sensación de "ajenidad" respecto de los políticos, de todos ellos, aún cuando los haya votado. La apropiación de la representación política por parte de los representados, aun con las limitaciones del sistema representativo, es la muestra de la legitimidad de ese sistema. En nuestro caso, aún está por verse si el proceso iniciado en 2001 y reconducido hasta su estado actual por el kircherismo, soportará el desafío.

¿Está cerrado el ciclo político del kirchnerismo?

Los resultados electorales dicen que más de 7 de cada 10 ciudadanos no votan por los candidatos del gobierno, pero también dicen que ninguna otra fuerza tiene más votos. De una situación parecida ya se ha recuperado, pero con una candidata cuya autoridad política era indiscutida, y que ahora no puede ser reelegida.

No se puede afirmar, con los elementos disponibles, que el kirchnerismo desaparecerá de la escena política, o que no pueda volver a ganar una elección. No es desde ese punto de vista que pueda afirmarse que ha terminado su ciclo.

En cambio, lo que parece haber terminado definitivamente es su capacidad para modelar el sistema político y disciplinar, desde el estado, tanto a los actores políticos como económicos, respecto del sistema de representación.

Como se ha visto, desde 2003 hasta estas últimas PASO, el kirchnerismo administró sus recursos materiales y simbólicos, aprovechando las condiciones sociales y económicas internas y externas, para moldear el sistema político, tanto desde la configuración del oficialismo, como desde la elección de la oposición más conveniente en cada momento. Aún cuando actores políticos y económicos resistieran esos intentos, no pudieron evitar que el gobierno llevara adelante su plan en este sentido.

Que ese plan fuera cambiante, de la trasversalidad al retorno al justicialismo, de éste a una "concertación plural" con aspiraciones hegemónicas al estilo PRI (tratando de contener a todo lo que no fuera una derecha conservadora y negando la existencia de todo lo demás), y de allí al otro extremo del péndulo encerrándose en los círculos más incondicionales, aprovechando la amplia mayoría alcanzada en 2011, no quita que ningún otro actor tuviera ni la iniciativa ni la posibilidad de contraponer otro modelo de representación que el que trató de instrumentar, en cada momento, el oficialismo. Y esto alcanza también a los intentos de los sectores económicos por moldear representaciones acordes con sus intereses.

Ese es el ciclo que está terminado: un actor político con el 27% de los votos, en los dos últimos años de mandato, que no cuenta con un candidato procedente de su núcleo central de decisiones, y que ha perdido el manejo de muchas de las palancas que le reportaron tantos éxitos en el pasado, no está en condiciones de imponer, por sí solo, su propio futuro en el escenario político. Menos puede configurar al resto de los actores, aún cuando conserve la administración del aparato estatal.

Desde este punto de vista, la lectura de "la foto" es reveladora del fin de ciclo: los actores que se van configurando están moldeados con la impronta de los sectores económicos y poderes fácticos que los impulsan, más que por las iniciativas (relativamente) autónomas de sus principales referentes.

Hoy en día puede apreciarse un intento de reconstituir un sistema de representación basado en dos grandes bloques: uno radical-socialdemócrata, y otro peronista-socialcristiano. En ese sistema político en construcción aún no está claro cuál será el lugar del kirchnerismo, suponiendo que perdure, ni el del macrismo, ni el de la izquierda. Bien pueden ser convidados de piedra que terminen convalidando la funcionalidad de los dos grandes bloques. Cualquiera de esos dos bloques puede articularse con los sectores económicos en caso de llegar al gobierno. Y cualquiera de ellos podrá aspirar a un recambio y a una alternancia, en la medida en que se sostenga la "gobernabilidad".

Tal vez la mayor debilidad de este nuevo ciclo político, en caso de que llegara a instalarse, sea que ninguno de los grandes bloques encara seriamente los problemas estructurales del país, y ambos tienden a generar en la ciudadanía la falsa ilusión de que con medidas coyunturales, moderación y "racionalidad" se pueden superar los problemas. Eso, en la experiencia argentina, es una invitación a una nueva frustración social y política.

¿Han sido desalojadas del espacio político de centro izquierda las expresiones afines a la CTA?

Como ya se ha dicho en otro apartado de este trabajo, en 2002 la CTA llamó a la construcción de un Movimiento Político, Social y Cultural de Liberación. Por primera vez desde su nacimiento, esta central de trabajadores incorporaba la posibilidad de articular la acción social y sindical con herramientas de carácter político-electoral. No con la intención de dar vida a un "partido de la cta", pero sí admitiendo la validez y la necesidad de sumar el terreno de la representación político-institucional como escenario para la construcción de ese Movimiento.

Luego de diferentes experiencias descoordinadas entre sí, impulsadas por dirigentes y cuadros políticos de la CTA en diferentes momentos y lugares, se unificó la identidad de todas ellas bajo la denominación de Unidad Popular (más precisamente, "Instrumento Electoral para la Unidad Popular"), que cuenta con reconocimiento formal en cinco distritos provinciales y pudo conformarse como partido nacional.

La visión y la práctica política de UP apuntó, desde 2011 en adelante, a la configuración de una opción político-electoral capaz de expresar un proyecto alternativo al del gobierno, ocupando un espacio político vacante, a la izquierda de éste, pero diferenciado de la izquierda tradicional. Ya se ha dicho en este trabajo que durante una buena parte de la gestión kirchnerista, el gobierno tuvo la iniciativa política, el consenso social y los recursos del estado disponibles para articular un nuevo sistema de representación. En ese sentido, intentó configurar una opción "nacional-popular", en torno a sí mismo, y como antagonista, una oposición de derecha, a su medida.

Ese intento no cristalizó, pero cooptó a una parte del socialismo y del radicalismo, arrinconó en un espacio de centro derecha al peronismo disidente, y fracturó al movimiento de derechos humanos, a los movimientos sociales y a la propia CTA.

No obstante ello, en 2011 se constituyó el Frente Amplio Progresista, ofreciendo una opción a los ciudadanos que no se identificaban con el gobierno, con la derecha, con los partidos tradicionales, y con la izquierda. El electorado convalidó la necesidad de representación de ese espacio político, y lo consagró como segunda fuerza política nacional, con el 17% de los votos. Ese voto de confianza hizo pensar a muchos de los que formaron parte de esa experiencia, que se podía conformar una alternativa de gobierno de centro izquierda con anclaje en sectores de trabajadores y de movimientos sociales, en un futuro cercano.

A poco de andar, se advirtió que los consensos respecto de lo que NO ERA el FAP eran mayores que los acuerdos respecto de LO QUE DEBIA SER, cosa normal en una experiencia novedosa. Lo que no se advirtió con la misma claridad, al menos en UP, fue que esas diferencias también estaban presentes en su electorado. Y que el humor del electorado iba a determinar su rumbo definitivo, más que el trabajo paciente y consecuente de los dirigentes del sector en la orgánica del FAP.

En el procesamiento de las diferencias respecto de cómo construir una alternativa de gobierno, UP intentó convencer a sus socios de mantener el lugar de representación ocupado en 2011. Es decir: crecer en representación institucional en la medida que los ciudadanos optaran por ese lugar, y no por abarcar un espectro más amplio a corto plazo, pero más heterogéneo. En ese intento, no logró sumar, en apoyo a las posturas de UP dentro del FAP, su vínculo con las organizaciones sociales y con la fracción de la CTA de la cual procede la mayor parte de sus dirigentes y cuadros.

No puede decirse que en 2012 la CTA o las organizaciones sociales cercanas a UP hayan tenido un reflujo. Muy por el contrario, protagonizaron importantes movilizaciones y conflictos sociales. Pero los vasos comunicantes entre la actividad y las manifestaciones de las herramientas sociales y sindicales de este espacio, y sus herramientas políticas, presentaron una desconexión, cuando no un abierto conflicto de visiones entre dirigentes, sectores de base y cuadros intermedios entre las distintas herramientas y dentro de cada una de ellas.

Esa desconexión no fue un fenómeno exclusivamente referido a la desconfianza que del FAP, o de su candidato a Presidente, Hermes Binner, tenían las bases de los movimientos sociales y de la CTA, ni es tampoco un fenómeno propio del terreno electoral. Muy por el contrario, se arrastra desde la fractura de la CTA en las elecciones sus autoridades en 2010. Ese episodio marcó el momento crítico en el cual, frente a la interpelación que el kirchnerismo produjo en este espacio, participaron 270,000 afiliados de un total posible de 1,200,000, y lograron mantener la independencia de la Central, pagando el precio de la ruptura. Pero las iniciativas superadoras del ámbito sindical, como la Constituyente Social, quedaron sumidas en la inmovilidad y el desconcierto. El buen desempeño del FAP en 2011, en lugar de reavivar un proceso de movilización que hubiera dinamizado al movimiento social y a la herramienta política, sirvió para que este problema quedara soslayado.

De este modo, mientras que el olfato de los dirigentes del Socialismo, del GEN y de Libres del Sur, les indicaba que su electorado era proclive a desnaturalizar la idea original del FAP, y ampliarlo hacia la UCR y la Coalición Cívica, desdibujando el perfil político para concentrarse en una opción anti-kirchnerista, UP nunca pudo demostrar que su aporte social y electoral al frente, en caso que éste realmente existiera, no podía ir en esa dirección, y que la dinámica de construcción de una opción política como la que había dado origen al FAP podía ser más lenta, pero más seria, con proyección de gobierno, cosa que de ningún modo garantizaba la opción del "rejunte" a la que la llevaban los otros socios.

Así, UP llegó a las PASO con diferentes alianzas distritales que expresan proyectos políticos distintos. Pero en aquellos distritos en los cuales no avaló la desnaturalización de la idea original del FAP, el electorado que acompañó fue sólo el más consolidado. No se puede demostrar voto a voto, pero los números indican que la mayor parte de los votantes del FAP del 2011 optaron, ahora, por la opción radical-socialdemócrata a la que parece encaminarse el sistema político argentino, y a eso lo llaman centro izquierda. En ese sentido, UP fue desalojada de ese espacio.

Sugerir que UP debe insistir en disputar el "verdadero" espacio de centro izquierda, o que debe "asumir" que es una fuerza de izquierda y disputar la "hegemonía" allí, serían dos errores de distinto signo pero igualmente contraproducentes. Parten de un supuesto erróneo: que la construcción política puede hacerse desligada del movimiento social.

Si la política es acción para transformar la realidad, la ineficacia de UP para evitar la desviación del FAP, y su intrascendencia electoral a la hora de sostener, correctamente, una convicción, deben identificarse como problemas. Las causas de esos problemas están en el profundo debilitamiento del tejido de relaciones, acciones, debates, experiencias compartidas, que vinculan a las organizaciones sociales, sindicales y políticas de este espacio común.

La tarea más importante que deberá encarar este espacio diverso y complejo, que es la experiencia político-social más rica que ha dado la Argentina de los últimos años, si quiere perdurar, es recomponer ese tejido. No hay recetas para eso, pero reconocer que hay que empezar por ahí sería un primer paso alentador.