martes, 6 de enero de 2009

Bandera negra, bandera blanca

El periódico Haaretz, de Tel Aviv, publica en su edición de ayer, 5 de enero de 2009, una inteligente reflexión de Akiva Eldar, que nada tiene que ver con la posición oficial del Estado de Israel ni de las organizaciones de la comunidad judía de Argentina o del resto de los países.

Si hacen click en el título, podrán leer directamente el artículo en inglés desde la edición digital del periódico. Lo que sigue es una modesta traducción propia:

Bandera negra, bandera blanca
Por Akiva Eldar

Exactamente hace una semana, me preguntaba en esta columna cuántos Palestinos e Israelíes deberían morir antes que ambas partes cesen el fuego y una nueva tregua sea firmada. La respuesta vino, ostensiblemente, el sábado, pocas horas antes de que las Fuerzas de Defensa de Israel atacaran la Franja de Gaza. El jefe del politburó de Hamas, Khaled Meshal anunció en el sitio web Iz al-Din al-Qassam que estaba preparado no solamente para un “cese de agresión”, sino que propuso volver al acuerdo del cruce de Rafah de 2005, antes de que Hamas ganara las elecciones y posteriormente tomara control de la región. Ese acuerdo fue para administrar el cruce fronterizo conjuntamente por Egipto, la Unión Europea, la presidencia de la Autoridad Palestina y Hamas.

Al parecer el Primer Ministro Ehud Olmert no escuchó esas noticias, o no quiso escuchar. Una vez más, “miró a las madres a los ojos” y les dijo que había mandado a sus hijos al campo de batalla sólo después de que el gobierno había agotado todas las demás opciones para garantizar la tranquilidad de los niños de Sderot. En el mejor de los casos, Olmert no dijo toda la verdad. Las fuerzas no fueron enviadas a Gaza únicamente, ni siquiera principalmente, para golpear la infraestructura militar de Hamas. El principal objetivo que el gobierno le fijó a TZAHAL fue desmantelar la infraestructura civil de la única organización que desafía la autoridad de Mahmoud Abbas. No es por nada que Ehud Barak definió la campaña como una “guerra total”.
Un golpe mortal contra Hamas que pusiera a esa organización de rodillas hubiera sido imperativo si se hubiera llegado a un acuerdo diplomático con la facción secular y pragmática de los territorios. Sin embargo, incluso si Meshal firmara los acuerdos de Oslo y devolviera el control de la Muqata de Gaza a Abbas, la realidad no cambiaría. El gobierno israelí, al igual que todos sus predecesores y, puede asumirse, que sus sucesores, no va a devolver Ariel ni Givat Ze’ev, por no hablar la ciudad vieja de Jerusalem. Y desde luego, a ningún anciano palestino refugiado se le permitirá visitar su patria.

No es una coincidencia que Barak, quien alguna vez pretendió hacerse cargo del legado de paz de Yitzhak Rabin no haya dicho que la Operación esté destinada a verter sus contenidos dentro del proceso de paz. En una reunión realizada pocos meses atrás en su oficina, con un grupo de expertos en Medio Oriente, Barak dijo que dudaba enormemente del paradigma de la “solución de los dos estados”. La realidad en los territorios desde la sabia invención de la “Autoridad Palestina” es muy conveniente a su modo de ver. El Dr. Menachem Klein, uno de los fundadores de la iniciativa de Ginebra, acostumbra amargamente a llamar a esto un “protectorado israelí”. La tarea será completada después de que Barak haga al dominio de Hamas en Gaza lo que uno de sus predecesores como ministro de defensa, Benjamín Ben Eliécer, hizo con el dominio de Fatah en la Margen Occidental del Jordán en la operación “Escudo Defensivo” en abril de 2002.

“Una nueva realidad en materia de seguridad” no es más que un sofisticado camouflage lingüístico para la antigua realidad colonialista. La destrucción y el odio que genera Israel en los territorios está convirtiéndolos, como en la realidad Somalí, en un imán que atrae a las milicias extremistas como Al Qaeda y afines. Es muy dudoso que Fatah caiga en una trampa tan transparente como la de acordar volver a las oficinas gubernamentales de Gaza sobre la sangre de mujeres y niños y en medio de las historias heroicas de sus hermanos palestinos. Después de la guerra contra Hezbollah, se podría esperar que los israelíes, que son tan entendidos en “disuasión” pudieran entender que en guerras como ésta, una fuerza guerrillera considera que matar un enemigo por cada diez muertos propios es una gloriosa victoria. Y después de la contabilidad de la sangre vendrá la contabilidad del dinero: más tarde o más temprano los europeos y las organizaciones no gubernamentales van a cansarse de reconstruir el caos que deja Israel en los territorios.

La pregunta que debe responderse, entonces, es cuántos palestinos e israelíes deberán morir antes de que el público israelí despierte de esta nueva-vieja ilusión de que los tanques y los aviones pueden perpetuar la ocupación. La respuesta: mientras que los israelíes esperen que los palestinos desplegarán la bandera blanca, una bandera negra flameará sobre sus propias cabezas.

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